La Lectora

Post-it, subrayados en lápiz, recortes, esquinitas dobladas
y otras prácticas aberrantes.













17 enero


—Estoy tocando el fondo del fondo —continuó el psiquiatra—, y no estoy seguro de poder salir de este barrizal. Ni siquiera estoy seguro de que haya alguna salida para mí, ¿entiendes? A veces oía hablar a los pacientes y pensaba en cómo aquel tipo o aquella tipa se metían en el pozo y yo no veía la forma de sacarlos de ahí debido al poco alcance de mi brazo.. Como cuándo de estudiantes nos mostraban a los cancerosos en las enfermerías aferrados al mundo por el ombligo de la morfina. Pensaba en la angustia de aquel tipo o de aquella tipa, sacaba remedios y palabras de consuelo de mi espanto, pero nunca pensé que algún día llegaría a engrosar esas filas porque yo, joder, tenía fuerza. Tenía fuerza: tenía mujer, tenía hijas, el proyecto de escribir, cosas concretas, boyas para mantenerme a flote. Si la ansiedad me acuciaba un poco, por la noche, ¿sabes?, iba a la habitación de las niñas, a aquel desorden de trastos infantiles, las veía dormir, me serenaba: me sentía apuntalado, ah, apuntalado y a salvo. Y de repente, carajo, mi vida se volvió del revés, me vi como una cucaracha patas para arriba, sin apoyo. Nosotros, ¿entiendes?, quiero decir, ella y yo, nos queríamos mucho, seguimos queriéndonos mucho y la cagada es que yo no pueda poner otra vez derecho, telefonearle y decirle: —vamos a luchar— porque tal vez he perdido las ganas de luchar, los brazos no se mueven, la voz no suena, los tendones del cuello no sujetan la cabeza. Coño, eso es lo único que quiero. Creo que los dos hemos fallado por no saber perdonar, por no saber aceptarnos del todo, y mientras tanto entre herir y ser herido nuestro amor (es bueno decirlo así: nuestro amor) resiste y crece sin que hasta ahora ningún viento lo apague.

António Lobo Antunes. _Memoria de elefante_. Sudamericana, Buenos Aires, 2007.

La lectora || 12:51 PM

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30 noviembre


Alargué el brazo e intenté tocarla, pero ella se echó hacia atrás. Los labios le temblaban. A continuación, alzó las dos manos y empezó a desabrocharse la bata. Tenía siete botones. Contemplé, cual si fuera una prolongación del sueño, cómo sus hermosos y delgados dedos iban desabrochándolos, uno tras otro. Una vez hubo soltado los siete pequeños botones blancos, Naoko, como una serpiente que se desprende de su piel, dejó que la bata se deslizara desde los hombros hasta la cadera y quedó completamente desnuda, pues no llevaba nada debajo. Lo único que tenía puesto era el pasador con forma de mariposa. Naoko, todavía arrodillada en el suelo, se quedó mirándome. Bañado por la suave luz de la luna, su cuerpo tenía el lustre de la carne recién nacida, y casi despertaba compasión. Al moverse -en un movimiento apenas perceptible-, las partes bañadas por la luz de la luna se desplazaron levemente, las sombras que teñían su cuerpo cambiaron de forma. Los pechos redondos y llenos, los pequeños pezones, la cavidad del ombligo, las caderas, el vello púbico, todas las texturas de aquella sombra cambiaron de forma, igual que las ondas sobre la superficie de un lago.


Haruki Murakami. _Tokio Blues_. Tusquets, Buenos Aires, 2005.

La lectora || 6:05 PM

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El fuego entre un hombre y una mujer es como el de las fogaratas. Por algo los tangos hablan de pasiones abrasadoras, sentimientos encendidos, besos que queman. Lo sabemos sin entenderlo. Más importante ahora es recolectar el kerosene.


Guillermo Saccomanno. _El pibe_. Planeta, Buenos Aires, 2006.

La lectora || 5:48 PM

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Muchos antes de conocerla y muchos sueños antes de dirigirle la palabra, contemplé conmovido una de esas escenas que permanecen para siempre en los archivos mágicos de la memoria: un matador español -Miguel o Gabriel Márquez- caminó lentamente hacia la barrera y le brindó engallado la muerte del primer toro. Y mientras los viejos aficionados de Acho aplaudían orgullosos intentando recordar desde cuándo no le brindaban un toro a una señorita limeña, mis ojos se precipitaron sobre Ninotchka y su vestido rojo. Rojo como un incendio secreto. Rojo como el capote de aquel torero en cuyos brazos imaginé a Ninotchka, desfallecida como Matilde Urbach.


Fernando Iwasaki. _Libro del mal amor_. RBA, Barcelona, 2001.

La lectora || 5:44 PM

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Empezaron a hablar de otros temas no relacionados con su amor. En las cartas que Emma le escribía, le hablaba de versos, de la luna, de las estrellas, como si echara mano de aquellos ingenuos recursos, sucedáneos externos de una pasión debilitada que se empeñaba en reavivar. Siempre se estaba proponiendo disfrutar en el próximo viaje de una profunda felicidad. Pero luego tenía que reconocer que no había sentido nada del otro mundo. Aquella decepción se borraba enseguida al calor de nuevas esperanzas y volvía a él cada vez más encendida y ávida. Se desnudaba de una manera brutal, desatándose las finas cintas de su corpiño, que caía sussurrante en torno a sus caderas como un reptil que se desliza. Se dirigía de puntillas, descalza, a comprobar si estaba bien corrido el pestillo de la puerta y luego, de un solo ademán, dejaba caer toda su ropa al suelo. Y se apretaba con un profundo estremecimiento contra su cuerpo, pálida, silenciosa y grave.


Gustave Flaubert. _Madame Bovary_. Tusquets, Barcelona, 1993.

La lectora || 3:39 PM

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14 agosto


Debo ser positivo mientras lloro. No quiero cocerme en mis frustraciones. Pero no, mientras lloro no puedo pensar bien ni mal. Las lágrimas todo lo echan abajo y no es cuestión de pensar, es cosa de sentir para no estropear el llanto. Me dejo llevar por las lágrimas y la música. Hasta los surcos de agua salada que se desliza por la cara se mueven al ritmo de los violines, como debe ser. Para eso se creó también la música, como un vehículo que surca el río de nuestras desgracias.

Jesús Ruiz Mantilla. _Gordo_. RBA, Barcelona, 2005.

La lectora || 4:47 PM

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04 abril


—También hay buenos momentos —añadía Tom, resistiéndose a que Harry dijera la última palabra—. Indelebles momentos de gracia, éxtasis minúsculos, milagros inesperados. Pasar tranquilamente por Times Square a las tres y media de la madrugada, sin nada de tráfico, y encontrarse de pronto solo en el centro del mundo, con esa lluvia de luces de neón cayéndote encima. Hacer que el velocímetro pase de ciento veinte por el Belt Parkway justo antes de amanecer y sentir cómo te inunda el olor del océano por la ventanilla abierta. O cruzar el Puente de Brooklyn en el preciso instante en que la luna llena aparece en medio del arco, y eso es lo único que se ve, la brillante esfera amarilla de la luna, tan grande que da miedo, y entonces te olvidas de que vives en la tierra y te imaginas que en realidad estás flotando por el espacio. Ningún libro puede reproducir esas cosas.


Paul Auster. _Brooklyn Follies_. Anagrama, Buenos Aires, 2006.

La lectora || 1:29 PM

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24 marzo


En su quinto día de quedarse en la cama, ya habrían jurado que llevaban toda la vida juntos. Pasarse día tras día en la cama producía probablemente la misma sensación que ser un vampiro. Imagínate estar viva durante un millar de años y seguir cometiendo el mismo estúpido error. Durante miles de años sigues yendo a bares y discotecas y creyendo que te los estás pasando en grande. Te imaginas que eres el centro de atención. Tienes un marido que te parece guapo. Crees que los dos estáis buenísimos.
(...) Ahora ya no tenía sentido salir de la cama y borrar la cinta de vídeo. Sería como romper un espejo porque te enseña la verdad. Como matar al mensajero que trae malas noticias.
—Cuando te pasas día tras día en la cama —dice la señora Clark—, te dan cuenta de que lo que mata a los vampiros no son las estacas de madera. Es toda la carga emocional y las decepciones que tienen que llevar encima siglo tras siglo.
Te conviene pensar que cada vez te vuelves más listo y gracioso. Que mientras te sigas esforzando, vas lanzado a ese Gran Éxito. Así es como te sentirías siendo un vampiro durante tal vez los primeros dos centenares de años. Después, lo único que tendrías sería la misma relación fracasada multiplicada por doscientos.


Chuck Palahniuk. _Fantasmas_. Mondadori, Buenos Aires, 2006.

La lectora || 1:50 PM

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05 marzo


La señora Ota tenía al menos cuarenta y cinco años, unos veinte más que Kikuji, pero logró que él olvidara su edad cuando hicieron el amor. Kikuji sentía que tenía entre sus brazos a una mujer más joven que él mismo.
Al compartir una felicidad que provenía de la experiencia de la mujer, Kikuji no sentía nada de la reticencia bochornosa de la inexperiencia.
Sentía como si fuera la primera vez que conocía a una mujer y como si por primera vez se conociera a sí mismo como hombre. Era un extraordinario despertar. Nunca había imaginado que una mujer podía ser tan enteramente dócil y receptiva, una pareja que lo acompañaba y, al mismo tiempo, lo inducía a sumirse en una fragancia tibia.


Yasunari Kawabata. _Mil grullas_ Emecé, Buenos Aires, 2005.

La lectora || 5:01 PM

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19 febrero


Andreas se sabía detestable y se gustaba así, decía cosas detestables y lo detestaba casi todo, pero más que nada se detestaba a sí mismo. Y eso precisamente, pensaba él, firmaba y sellaba su salvoconducto, su licencia para detestar.
¿Y qué era lo que más detestaba Andreas de sí mismo?
Su nombre, claro está, que era el mismo nombre de su padre u de su abuelo y también el de su hijo. Un nombre que sonaba ridículamente femenino y del que no había logrado librarse, ya que entre los Ringmayer era poco menos que una tradición sagrada. Un nombre que pasí de sus manos a las manos de su propio hijo como un regalo envenenado de que nadie, entre todos los Ringmayer, podía librarse. Y ésa era, al fin y al cabo, la naturaleza de su estirpe, una incapacidad manifiesta para guiar sus propias vidas y una capacidad ilimitada para la resignación y la obediencia. Lo que un Ringmayer decide no lo cambia otro, y así se había ido perpetuando, la suerte, el oficio (de abogado) y hasta los gestos, entre los varones de una familia que en el fondo apenas tenía nada bueno que guardar, ni herencias ni memorias ilustres. Los Ringmayer se pasaban ese nombre de unos a otros como si fuera un cofre vacío.


Ray Loriga. _El hombre que inventó Manhattan_. El Aleph, Barcelona, 2004.

La lectora || 5:09 PM

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05 enero


Jacobo, los ojos cazadores, verdes, felinos, sobre la piel muy oscura, quemada por el sol (o por un ancestro africano, vaya uno a saber), sigue extasiado mirándola despacio, hundido en sus ensueños. La vida, para él, cobra sentido a ratos, solamente, y esos ratos coinciden con la lectura de algo que lo exalte, o con la ilusión de que en algunas horas, días, meses, podrá conocer un cuerpo que por algún motivo lo seduzca. Hoy pudo leer algo sobre Angosta, y se entretuvo, pero mejor aún, acaba de encontrar a una muchacha a la que sueña con ver desnuda, con poderla tocar, besar, oler, abrazar. Otro verbo se le viene a la cabeza ya desbocada, más tosco y caballuno, pero lo rechaza de su mente con un gesto de la mano, como si se estuviera espantando una mosca. Es verdad que lo piensa, eso que no se dice ni le gusta confesarse, no por un pudor que ya no tiene, sino por preservar en sus nuevas relaciones un espacio a algo que no quisiera que fuera siempre carne, sólo carne. Decide no pensarlo más, la mira solamente.


Héctor Abad Faciolince. _Angosta_. Seix Barral. Buenos Aires, 2004.

La lectora || 2:30 PM

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21 diciembre


Los negros se llamaban Oscar, Astor y Menenio, aunque la costumbre y la amistad habían reducido este último a Menio. Eran tres jóvenes alegres y sin complicaciones, ruidosos y desenfrenados en sus juegos, y bastante irascibles si alguien pretendía burlarse de ellos o de la raza negra en general; pero en cualquier otra circunstancia se mostraban obedientes y respetuosos, amantes de los niños y de los animales, en especial de los más tiernos, que pueden asarse simplemente ensartándolos en un palo. Altos y robustos, no tenían, por así decirlo, problemas; ni se imaginaban que la Humanidad pudiese tener un porvenir, y mucho menos un pasado; dormían a la intemperie, bebían de las fuentes y comían lo que encontraban; como carecían casi enteramente de memoria, no tenían ofensas que vengar, y cualquiera los hubiese considerado buenos.

Atanassim, en cambio, según decían sus conocidos, no era bueno; o mejor dicho, no se preocupaba mucho por parecer bueno, entre otras cosas porque todos sus esfuerzos en esa dirección tarde o temprano lo llevaban inexplicablemente en dirección opuesta. Dado que estaba obligado a vivir entre la gente, no le quedaban más que dos posibilidades de elección: actuar como actúan los demás, lo que a menudo resulta cansador y deprimente, o bien actuar como le diera la gana, lo que al fin y al cabo resulta todavía más cansador y deprimente. En consecuencia había elegido, como tantos otros, una suerte de vía intermedia: a veces actuaba como actúan los demás, y a veces actuaba como se le daba la gana.


J. Rodolfo Wilcock. _El templo etrusco_.Sudamericana, Buenos Aires, 2004.

La lectora || 1:13 AM

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26 junio


Hervé Joncour sintió resbalar el agua por su cuerpo, primero sobre las piernas, y después a lo largo de los brazos, y sobre el pecho. Agua como aceite. Y un silencio extraño a su alrededor. Sintió la ligereza de un velo de seda que descendía sobre él. Y la mano de una mujer -de una mujer- que lo secaba acariciando su piel por todas partes: aquellas manos y aquel paño tejido de nada. Él no se movió en ningún momento, ni siquiera cuando sintió que las manos subían por los hombros hasta el cuello y los dedos -la seda y los dedos-, subían hasta sus labios, y los rozaban, una vez, lentamente, y desaparecían.
Hervé Joncour sintió todavía que el velo de seda se levantaba y se separaba de él. La última cosa fue una mano que abría la suya y que dejaba algo en la palma.
Esperó largamente, en el silencio, sin moverse. Después, con lentitud, se quitó el paño mojado de los ojos. No había ya luz apenas en la habitación. No había nadie a su lado. Se levantó, cogió la túnica que yacía doblada en el suelo, se la echó por los hombros, salió de la habitación, atravesó la casa, llegó ante su estera y se acostó. Se puso a observar la luz que temblaba, borrosa, en la lámpara. Y, con cuidado, detuvo el Tiempo durante todo el tiempo que lo deseó.
No fue nada, después, abrir la mano y ver aquella hoja de papel. Pequeña. Unos pocos ideogramas dibujados uno debajo del otro. Tinta negra.

Alessandro Baricco. _Seda_ Anagrama, Buenos Aires, 2006.

La lectora || 11:32 AM

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01 junio


Pasaban 7 minutos de la medianoche. El perro estaba tumbado en la hierba, en medio del jardín de la casa de la señora Shears. Tenía los ojos cerrados. Parecía estar corriendo echado, como corren los perros cuando, en sueños, creen que persiguen a un gato. Pero el perro no estaba corriendo o dormido. El perro estaba muerto. De su cuerpo sobresalía una horquilla de jardín. Las púas de la horquilla debían de haber atravesado al perro y haberse clavado en el suelo, porque no se había caído. Decidí que probablemente habían matado al perro con la horquilla porque no veía otras heridas en el perro, y no creo que a nadie se le ocurra clavarle una horquilla a un perro después de que haya muerto por alguna otra causa, como por ejemplo de cáncer o un accidente de tráfico. Pero no podía estar seguro de que fuera así.

Mark Haddon. _El curioso incidente del perro a medianoche_. Salamandra. Buenos Aires, 2004.

La lectora || 8:02 PM

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14 abril


Imagina que estás sentado en una butaca y que en una pantalla que tienes delante proyectan una película en la que te hacen una operación quirúrgica sangrienta y desgarradora. El cirujano te salva la vida. Era esencial para hacer que tú seas tú. Pero no lo recuerdas. ¿O sí? ¿Entendemos los acontecimientos que nos hacen ser lo que somos? ¿Entendemos los factores que nos hacen hacer las cosas que hacemos?
Cuando dormimos por la noche, cuando atravesamos un campo y vemos un árbol lleno de pájaros dormidos, cuando les decimos mentiras sin importancia a los amigos, cuando hacemos el amor,¿qué actos quirúrgicos se producen en nuestras almas? ¿Qué daños, curas y sobresaltos tendremos que superar y nunca seremos capaces de comprender? ¿Qué películas se filman que nunca se proyectarán?
Pero lo que es justo es justo: en Europa pasó algo. Y lo que pasó es que allí conocí a otra persona -Stéphanie, ya he dicho su nombre- y durante algún tiempo dejé de acordarme de Anna-Louise.
Pero, claro, ahora he vuelto a recordarla.
Y naturalmente mi relación con Anna-Louise ha cambiado. La mayoría de las prisas anteriores se han desvanecido, aunque eso es un alivio. El nuestro nunca ha sido un amor como de anuncio de cerveza, eso para empezar. Me deprimía que nuestra relación no se pareciera más a un anuncio de cerveza. Ya sabes: coches a más velocidad que la luz despidiendo canciones nucleares mientras veinte rubias de Planer Beach asan a unos bebés y amenazan con ponerse a follar en cualquier momento. Uno se contenta con lo que tiene.
Si Anna-Louise y yo hacemos demasiado hincapié en que nos gustamos el uno al otro, eso sólo nos recuerda que no somos tan apasionados como nos dicen que deberíamos ser. Mejor no pensar demasiado en esas cuestiones.
Me gusta Anna-Louise. Nos sentimos cómodos el uno con el otro, y espero que esto sea suficiente. Quedo exhausto pensado que debería haber algo más.

Douglas Coupland. _Planeta Champú_. Ediciones B, S.A., 1994

La lectora || 3:57 AM

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28 marzo


-Ha sido fantástico, Paloma -me dijo Arturo cuando la puerta de cristal se cerró, y me di cuenta de que ni siquiera había llegado a conocer el nombre de mi primera clienta-. Enhorabuena.
-Tu llegarás lejos -corroboró su mujer-. Dame dos besos.
Escuché algunas promesas vagas, frases a medias sobre un aumento de sueldo, un porcentaje de las comisiones, un rutilante futuro en el negocio de la moda, y decidí que no podía seguir trabajando allí durante mucho más tiempo, porque ella no se había despedido de mí, porque no me había dicho nada, porque no me había dado las gracias. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, sólo el título del libro donde se escondía, y en el que yo había leído una arrogancia, una soberbia, una admirable determinación que nos igualaba, porque las dos teníamos un sitio propio que nadie entendía y que por eso nadie podría nunca invadir. Pero quizás no era más que cobardía, el deseo de no mirar para no tener que ver, el miedo a comprender lo que se ve cuando se mira. O a lo mejor, lo único que pasaba es que no éramos iguales, que nunca lo seríamos. Yo también tenía orgullo, y problemas, mucha menos y mucha más suerte que ella, un don y una ventaja. Yo sabía que allí todo era mentira, y mis verdades pocas, contadas, frágiles hasta el instante en que salía a la calle.
Nos dieron la tarde libre y me despedí hasta el lunes, pero al salir de la tienda me encontré con que la calle Lista había cambiado. Su perfil se había desplomado, arrastrando consigo las aceras, los coches y los edificios, a lo largo de una pendiente favorable, cómoda, larguísima. Yo sabía que aquella cuesta abajo no era real, que no podía serlo porque una calle es siempre igual, tan plana o empinada a la ida como a la vuelta, pero aquella muchacha había vuelto a existir en su mundo y ya era hora de que yo volviera al mío. Mis pies avanzaban sin esfuerzo después de un día entero de trabajo, el sol calentaba sin quemar, y el metro volaba sobre los raíles. Tirso de Molina me estaba esperando, y en la sastrería de mi abuelo esperaba también un torero muy joven, muy guapo, muy consciente de su ambición, y de su miedo.
-Buenas tardes -decía mi padre en aquel instante-. ¿Qué desea?
No le dejé seguir.
Me acerqué a él, le puse una mano en el hombro y le miré. Cuando me miró, vi que tenía la cabeza grande, el pelo muy corto, rubio oscuro, los ojos dulces, la nariz recta, los labios apretados, y dos manos enormes de labrador, anchas y ásperas, de dedos largos, gruesos. Tenía también un aire decidido e indefenso al mismo tiempo, como si no estuviera muy seguro de haber dejado de ser un niño, como si acabara de llegar de la fotografía antigua de un pueblo andaluz seco y remoto, como si estuviera dispuesto a tragarse el mundo entero de un bocado, y entonces vi el hilo, la línea que separa la vida de la muerte, tendido entre sus ojos y los míos como un puente de luz, tenso, transparente. Primero vi aquel hilo. Después, por fin, un color.
-Tabaco -le dije-. Tabaco y negro. Y el año que viene estás en los carteles de San Isidro, puedes estar seguro...


Almudena Grandes. "Tabaco y negro" en _Estaciones de paso_. Tusquets, Buenos Aires, 2005.

La lectora || 5:41 PM

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10 marzo


porque yo me desierto y tú me lluvias
porque me océano y me balsas
porque me otoño y tú me hojas
porque me sótano y me alas
por eso yo te músico y me músicas
por eso yo te potro y tú me frutas
y yo te marinero y me tabernas
y yo te remolino y me lagunas
por eso yo te circo y tú me infancias
por eso te amarillo y me amarillas
y te barco y me arenas
y te astro y me noches
y te buzo y me perlas
y te campo y me flores
por eso yo te viento y tú me crines
por eso te crepúsculo y me auroras
por eso yo te cielo y tú me golondrinas

Pedro Mairal. "Por eso".

La lectora || 10:21 PM

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27 enero


Sierva María no entendió nunca qué fue de Cayetano Delaura, por qué no volvió con su cesta de primores de los portales y sus noches insaciables. El 29 de mayo, sin alientos para más, volvió a soñar con la ventana de un campo nevado, donde Cayetano Delaura no estaba ni volvería a estar nunca. Tenía en el regazo un racimo de uvas doradas que volvían a retoñar tan pronto como se las comía. Pero esta vez no las arrancaba una por una, sino de dos en dos, sin respirar apenas por las ansias de ganarle al racimo hasta la última uva. La guardiana que entró a prepararla para la sexta sesión de exorcismos la encontró muerta de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacida. Los troncos de los cabellos le brotaban como burbujas en el cráneo rapado, y se les veía crecer.


Gabriel García Márquez. _Del amor y otros demonios_. Sudamericana, Buenos Aires, 1994.

La lectora || 11:52 AM

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01 enero


Las paredes estaban literalmente heladas. El metal de las persianas, en cambio, se había pasado al otro lado: estaba tan frío que ardía. A veces, por la mañana, pero más que nada en la noche, el viento sonaba como un ser rabioso, metiendo sus cuchillas afiladas por resquicios en los que el aire -su hermano- hubiera sido incapaz de entrar.
Las luces de la planta baja estaban siempre encendidas. Recluido en su cuarto, María hacía gimnasia: cien flexiones de brazos, cien abdominales, una tras otra, lentamente, dedicándole a cada una de ellas la misma entrega, la misma concentración que le hubiera dedicado a Rosa en un beso.
Ya no la extrañaba, pero no pasaba un minuto sin pensar en ella.
Y no quería verla. A veces, incluso, cuando Rosa subía a limpiar los cuartos, a lavar los baños, a pasar la aspiradora, a limpiar los vidrios (ocasiones en las que siempre, como cualquier otra mujer, parecía estar en otra parte), María le daba la espalda. El fantasma quería ser fantasma. En cualquier lugar donde se hubiese ocultado, cada vez que Rosa trabajaba en la mansarda, él (religiosamente) le daba la espalda, como en el feng shui. Su adoración por ella era tan grande que se había vuelto místico para negarla sin morir.

Sergio Bizzio. _Rabia_ Interzona, Buenos Aires, 2005.

La lectora || 7:26 PM

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02 diciembre


Ese juego lo descubrimos cuando Estefanía al besarme me ensalivó la mano sin querer y dijo de pronto:
"Qué raro, tu mano huele a apio."
Yo no quise decirle que lo que olía era su propia saliva (habíamos llevado una ensalada de apio al picnic) y la dejé continuar con el juego. Así que mientras nuestro amigo seguía contemplando la hoja seca que cayó en la página del manuscrito, ella continuó descubriendo olores raros en las distintas partes de mi cuerpo, según en su saliva predominara uno de los olores de las cosas que iba comiendo. Se asombró ante tantos olores fuertes y extravagantes que asoció con procesos de fermentación y misterios orgánicos. Pero lo que más le sorprendió fue, precisamente, encontrar una relación entre las partes de mi cuerpo y cosas que estaban fuera de mí y eran ajenas a mi epidermis. Quedó tan inquieta por el hallazgo, que me pidió que le dijera a qué olía su cuerpo. Me pareció que yo tenía la oportunidad de ser más gentil y delicado de lo que ella había sido conmigo, así que primero acabé de comer los sandwiches y los quesos, y me reservé el placer de olerla hasta la hora de las frutas.
Comí mandarina, y le ensalivé el pelo, lo olí y le dije:
"Tu pelo huele a mandarina."
Comí fresas y le ensalivé los pezones. Los olí y le dije:
"Tus pezones huelen a fresas."
Comí manzana y le ensalivé el resto de los pechos. Los olí y le dije:
"Tus pechos huelen a manzana."
Para esto, comenzó a llover y tuvimos que regresar a casa.
Nuestro amigo se despidió de nosotros, agradecido porque le habíamos dado una oportunidad más de aparecer en nuestras vidas, y orgulloso porque sabía -es decir, supo-, que durante un tiempo ya no se podría decir que Estefanía y yo cantábamos, barríamos o escribíamos en días y momentos indefinidos de nuestra existencia, porque a cambio de eso cantamos, barrimos y escribimos en fechas muy concretas, que jamás se me olvidarán: un 20 de agosto, cantamos desde las 9 de la mañana a las 12 del día. Un 13 de diciembre en la madrugada, barrimos nuestro cuarto y las escaleras del edificio. Un 18 de enero, escribimos todo lo que nos sucedió el día anterior, 17 de enero, hasta los primeros minutos del día 18, que fue cuando comenzamos a escribirlo. Y sobre todo aquella tarde, del 21 de abril, en que antes de llegar a nuestro cuarto, fuimos al mercado de las frutas y yo compré peras, piñas, mangos y albaricoques para ensalivar a Estefanía de pies a cabeza.

Fernando del Paso. _Palinuro de México_. Casa de las Américas, La Habana, 1977.

La lectora || 12:20 PM

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31 octubre


El primero de junio del año pasado Fontamara quedó, por primera vez, sin luz eléctrica. El dos de junio, el tres de junio, el cuatro de junio, Fontamara siguió sin luz eléctrica. Y así también en los días sucesivos y en los meses sucesivos, hasta que el pueblo volvió a acostumbrarse al régimen de la claridad de la luna. Para llegar de la claridad de la luna a la luz eléctrica, Fontamara había necesitado un centenar de años, pasando por el aceite de oliva y el petróleo. Para volver de la luz eléctrica a la claridad de la luna, le bastó un anochecer.
Los jóvenes no conocen la historia, pero nosotros, los viejos, la conocemos. Todas las novedades que en setenta años nos trajeron los piamonteses se reducen, en definitiva, a dos: la luz eléctrica y los cigarrillos. La luz eléctrica han vuelto a quitárnosla. ¿Y los cigarrillos? Que se atragante el que los ha fumado siquiera una vez. A nosotros siempre nos ha bastado la pipa.

Ignazio Silone. _Fontamara_. Losada, Buenos Aires, 1962.

La lectora || 3:49 PM

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24 octubre


Uno está solo. Uno compra un dulce para vengarse de la soledad. Uno está solo y lee, para buscar la compañía de otro que también está solo y por eso escribe. Uno está solo con su piel de solo, una piel de granitos. Una tiene novio, marido o amante, porque dice que la soledad a dos es más soportable, pero la soledad es siempre la misma, endúlcela o no. Uno tiene hijos porque cree que son ellos los que uno cree que harán olvidar cuán solos estamos, pero un día han crecido y uno reafirma que es el culpable de la soledad de sus hijos. El parto es el acto de soledad más grande de la vida, porque hay un ser que te abandona, que dejó de ser tú. Un ser que se sintió muy solo dentro de ti. Y nos cae encima el peso de la muerte, todo el peso de la vida. ¡Ese terror tan solitario! Uno está solo y mira al teléfono. Escuchas música con placer sadomasoquista de estar todavía más solo. Uno está terriblemente solo y mira a través de la ventana, siempre habrá una ventana para cada solo, y un smog de soledad se cuelga por las chimeneas.

Zoé Valdés._Sangre azul_.Emecé Editores, Buenos Aires, 1998.

La lectora || 3:50 PM

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12 octubre


¿INCOLORO? ¡DE NINGÚN MODO!
(Homo lo pone todo negro)

TODO puede tener un color negrísimo, pues Homo lo pone
TODO negro: sus slips, sus sostenes, sus jérseis, sus bikinis, sus
corpiños, sus ponchos, sus kimonos
TODO: sus vestidos (de luto), sus smokings (de solemnes momentos)
e incluso sus boros, sus oros (de pozos) y sus toros,
sus petróleos, sus espinos,
sus humos, sus humores,
sus cuervos, sus diez negritos,
sus comercios ilícitos, sus porvenires tristes,
sus noches sin luz, sus eclipses,
sus mirlos comunes, sus conjuros luciféricos, sus líquidos de
escribir,
sus borrones, sus errores, sus signos ininteligibles en sus escritos,
sus viejos discos de Jorge Negrete,
su rey preferido del trío del seis de Enero,
sus tés con tueste después de secos,
sus dineros no intervenidos por el fisco,
sus infortunios en el túnel que concluye en muerte y, en el
infinito...
¡el negro, el Negro, el Negro!

¿INCOLORO? ¡DE NINGÚN MODO!
Georges Perec. _El secuestro_ Anagrama, Barcelona, 1997.

La lectora || 7:35 PM

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07 octubre


Se volvió y la miró como si fuese por última vez, como quién repite un gesto inmemorialmente irremediable. Ìntimamente, hubiera preferido no haberlo hecho; pero al llegar a la puerta sintió que nada podría evitar la reincidencia de esa escena tantas veces relatada en la historia del amor, que es la historia del mundo. Ella lo miraba con una mirada intensa, en la que había incomprensión y anhelo, como pidiéndole, al mismo tiempo, que no se fuese y que no dejase de partir, por aquello de que todo era imposible entre ambos.
La vio así por un tiempo, en su belleza morena, real pero distanciándose ya en la penumbra del ambiente que para él era como la luz de la memoria. Quiso prestarle un tono natural a la mirada que le dirigía, pero fue en vano pues sentía que todo su ser se evaporaba en dirección a ella. Más tarde le parecería no recordar ningún color en aquel instante de separación, pese a la lámpara rosa que debía estar encendida. Recordaría haberse dicho que la ausencia de colores es completa en todas las rupturas.
Sus miradas fulguraron por un momento de uno hacia el otro, después se acariciaron con ternura y, finalmente, se dijeron que no había nada que hacer. Le dijo adiós con dulzura, giró y cerró de golpe la puerta sobre sí mismo en una tentativa de seccionar esos dos mundos que eran él y ella. Pero el brusco movimiento de cerrar le prendió entre las hojas de madera el espeso tejido de la vida, y él permaneció retenido, sin poder moverse del lugar, sintiéndo formarse el llanto muy lejos en su interior hasta subir en busca de espacio, como un río que nace.
Cerró los ojos, intentando adelantarse a la agonía del momento, pero el hecho de saberla allí a su lado, separada de él por categóricos imperativos de sus vidas, no le daba fuerzas para desprenderse de ella. Sabía que aquella era su amada, por quién había esperado desde siempre y a quién durante muchos años había buscado en cada mujer, en medio de la más terrible y dolorosa búsqueda. Sabía también que el primer paso que diese pondría en movimiento su máquina de vivir y que él, como un autómata, saldría, comenzaría a andar, a hacer cosas, distanciándose cada vez más de ella, cada vez más...
Mientras tanto allí, a pocos pasos, estaba su forma femenina que no era ninguna otra forma femenina que la de ella, la mujer amada, aquella que él bendijera con sus besos y agasajara en los instantes de amor de sus cuerpos. Procuró imaginarla en su doloroso mutismo, envuelta ya en su propio espacio, perdida en medio de sus propias reflexiones, un ser desligado de él por el límite existente entre todas las cosas creadas.
De pronto, sintiéndo que estaba a punto de estallar en lágrimas, corrió hacia la calle y comenzó a andar sin rumbo...

Vinicius de Moraes. "Separación", en _Para vivir un gran amor_. Ediciones de la Flor, 1970.

La lectora || 3:06 PM

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23 septiembre


Puede pasar que en el tren yendo del trabajo a casa abras la puerta de un lavabo y te encuentres a una morena con el pelo recogido y solamente unos pendientes largos temblando junto a su cuello liso y blanco, y que esté sentada dentro con la ropa de la cintura para abajo en el suelo. La blusa abierta sin nada debajo más que las manos sujetando los pechos. Las uñas de las manos, los labios y los pezones del mismo tono entre marrón y rojo. Las piernas tan blancas como el cuello y lisas como un coche que podrías conducir a doscientos cincuenta por hora, y su pelo igual de moreno en todas partes. Y ella se lame los labios.
Cierras de un portazo y dices:
-Lo siento.
Y del interior sale una voz que dice:
-No lo sientas.

Chuck Palahniuk. _Asfixia_. Ed. Mondadori, Barcelona 2001.

La lectora || 1:54 PM

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29 agosto


Todo era mucho más confuso de lo que había imaginado, sobre todo al inventar la existencia de varias personas, y empezaba a sospechar que ni siquiera lo había planeado con el suficiente detalle. Ya tenía tres personajes en su película personal, Paula, Ned y su madre (quien al contrario que los otros dos no era imaginaria, ya que había estado viva, aunque había que reconocer que de un tiempo a esta parte no lo estaba), y le daba en la nariz que si iba a seguir adelante con su historia, pronto tendría un plantel de miles de personajes secundarios. ¿Cómo iba a salirse con la suya? ¿Cuántas veces tendría que ser Ned raptado de forma más o menos razonable por su madre, o por su abuela materna, o por una banda internacional de terroristas? ¿Qué razón podía argüír para no invitar a Suzie a su piso, donde no había juguetes ni cunas ni pañales ni cuencos, por no hablar de un dormitorio para el niño? ¿No podía matar a Ned como consecuencia de alguna terrible enfermedad, o en un accidente de tráfico? Una verdadera tragedia, sí, pero la vida sigue. No, no parecía muy aconsejable. Cualquier padre se queda totalmente destrozado por la muerte de su hijo, y los años de dolor que serían necesarios para que resultase convincente terminarían por agotar sus recursos dramáticos. ¿Y Paula? ¿No podía Ned irse a vivir con su madre aun cuando ella no tuviese muchas ganas de verlo? En tal caso... En tal caso ya no sería un padre separado al cargo de su hijo, claro. Y de ese modo perdería incluso los papeles.
No, estaba claro que el desastre era inminente e inevitable. Mejor sería bajarse en marcha, largarse, dejarlos a todos con la impresión de que se encontraban ante un excéntrico, un inadaptado, nada más; desde luego, así nadie pensaría que era un pervertido, un fantaseador o cualquier otra de las cosas en que estaba a punto de convertirse. Pero largarse por las buenas no era muy propio de Will. No correspondía a su estilo. Siempre tenía la impresión de que algo estaba a punto de suceder, aun cuando nada sucediese o no hubiera la menor posibilidad de ello, como ocurría la mayor parte de las veces. En cierta ocasión, muchos años antes, cuando era niño, le había dicho a un compañero de clase (no sin antes cerciorarse de que su amigo no era aficionado a los libros para niños de C.S. Lewis) que por la parte posterior de su armario se accedía a un mundo diferente, y le invitó a su casa para que él mismo lo explorase. Podría haber cancelado la invitación con cualquier excusa, pero no estaba preparado para padecer un momento de vergüenza a menos que fuera inmediatamente necesario, y así estuvieron los dos metidos dentro del armario, entre las prendas colgadas de las perchas por espacio de unos minutos, hasta que Will murmuró que el mundo en cuestión estaba cerrado los sábados por la tarde. Esto lo mantuvo en pie, y recordaba haber albergado una genuina esperanza hasta el ultimísimo minuto: quizás allí haya algo, llegó a pensar, tal vez finalmente no quede en mal lugar. No hubo nada, y quedó en mal lugar, quedó fatal, de hecho, pero no sacó nada en claro de semejante experiencia; si acaso, diríase que le dejó con la sensación de que a la próxima vez le sonreiría la suerte. Y allí estaba, a sus treinta y tantos, sabedor de que de ninguna manera y en ninguna parte tenía un hijo de dos años, pero emperrado en la presuposición de que, cuando llegase la hora de la verdad, algún hijo aparecería, tal vez debajo de las piedras.

Nick Hornby. _Érase una vez un padre_. Ediciones B, Barcelona, 1999.

La lectora || 5:19 PM

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09 agosto


Eran, pues, de su tiempo. Se sentían a gusto consigo mismos. No eran, decían, del todo ilusos. Sabían mantener las distancias. Tenían desparpajo, o al menos lo intentaban. Tenían humor. Distaban mucho de ser tontos.

Un análisis profundo habría revelado fácilmente, en el grupo que formaban, corrientes divergentes, antagonismos sordos. Un sociómetro maniático y puntilloso no habría tardado en descubrir discrepancias, exclusiones recíprocas, enemistades latentes. A veces se daba el caso de que uno u otro de ellos, de resultas de incidentes más o menos fortuitos, de provocaciones larvadas, de desacuerdos disimulados, sembraba la discordia en el seno del grupo. Entonces, su hermosa amistad se venía abajo. Descubrían, con fingido estupor, que fulano, a quien creían generoso, era la mezquindad personificada, que mengano no era más que un egoísta. Se producían tiranteces, se consumaban rupturas. A veces hallaban un placer maligno en azuzarse unos contra otros. O bien aparecían las malas caras prolongadas, los períodos de distanciamiento acusado, de frialdad. Se evitaban y se justificaban sin cesar el que se evitasen, hasta que sonaba la hora de los perdones, de las reconciliaciones efusivas. Pues, a fin de cuentas, no podían pasar unos sin otros.
Estos juegos le ocupaban intensamento y dedicaban a ellos un tiempo precioso que, sin dificultad, habrían podido emplear en cosas muy diferentes. Pero estaban hechos de tal manera que, por más que lo sintieran a veces, el grupo que formaban los definía casi por completo. Fuera de él, carecían de vida real. Como todo, tenían la sensatez de no verse demasiado a menudo, de no trabajar siempre juntos, e incluso se esforzaban en mantener actividades individuales, zonas privadas en las que podían refugiarse, en las que podían olvidar un poco, no el grupo mismo, la mafia, el equipo, sino, por supuesto, la tensión que lo sustentaba. Su vida casi común hacía más fáciles los estudios, los viajes a provincias, las noches de análisis o redacción de informes; pero también los condenaba a ellos. Puede decirse que era su drama secreto, su debilidad común. Era aquello de lo que nunca hablaban.

Georges Perec. _Las cosas_. Anagrama, Barcelona, 2001.

La lectora || 5:29 PM

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29 julio


El gusto propio, el de la propia boca, el de los dientes y el de la lengua húmeda, el de los labios resecos con gusto a sudor, se funde y desaparece en la consistencia de la carne blanca del pescado que se deshace bajo la trituración de los dientes; la sal y el pan primero saben por sí mismos, pero después se funden en el sabor único del bocado que el vino tinto penetra y contribuye a macerar. Recibe en la boca y comienza a triturar con los dientes un bocado y después recibe en la boca de su propia mano que se alza con el vaso un largo trago de vino y los jugos del alimento se mezclan y confunden con el sabor grueso del vino, mientras ve los cuerpos extenderse en dos hileras en dirección a la cabecera opuesta, hacia la inmovilidad amarilla del camino, moviéndose y emitiendo sonidos y voces que puede escuchar, y deja sobre la mesa el vaso sin nada cuyo contacto liso y frío permanece un momento como un eco de contacto que más es recuerdo contra la yema de sus dedos: uno de esos recuerdos que no parecen pasar a la memoria sino quedar, anacrónicos, adheridos al lugar de la sensación, ojos, dedos, lengua.

Juan José Saer. _El limonero real_. Alianza Bolsillo, Buenos Aires, 1987.

La lectora || 6:27 PM

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01 julio


Estaba un poco inquieto, algo no marchaba. Demasiadas verdes. Un verde obstinado, maldito, como el de los bosques cuando ya no sirven. Guardé algunas piedras y me puse a escuchar. Nada. Luego seguí escarbando, pero ya no pude volver a concentrarme. Encontré un grupo de piedras alarmantemente amarillas que parecían pequeños limones momificados, una delicia, aunque torpes, demasiado generosas. Las típicas piedras que fascinaban a Blanca, ah neófitos, tan impresionables... Cuando se buscan piedras, cada cual termina escogiendo la que le corresponde.

Andrés Neuman. "La primera piedra", en _El que espera_. Anagrama.

La lectora || 4:11 PM

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17 junio


-Pero quiero hacer el amor contigo. No sólo tener sexo.
-¿Y eso qué implica?
-Comunicación. Intensidad. No sé.
Mi corazón se encoge. Entre las ventajas de haber cunmplido los cuarenta, para mí, se incluyen: no tener que cambiar pañales, no tener que ir a sitios donde la gente baila y no tener que ser intensa con la persona con quien vivo.
-Por favor, inténtalo a mi manera -dice David lastimeramente.
Así que lo hago. Le miro a los ojos, le beso como él quiere que le bese, nos demoramos largo rato en cada cosa y, finalmente (sin que yo llegue al orgasmo, por cierto), me quedo tendida sobre su pecho mientras él me acaricia el pelo. Le he hecho, sí, y casi como él dice, pero no le veo la gracia.

(...)

Las oleadas de amor son..., no son para nosotros. Son para los crédulos, para los incautos, para los simples, para le gente cuyo cerebro se le ha ido pudriendo como la dentadura por las drogas blandas, para la gente que lee a Tolkien y a Erich von Däniken cuando ya tiene edad para conducir un coche... Admitámoslo, para gente que no es licenciada en Letras o Ciencias.

Nick Hornby. _Cómo ser buenos_. Anagrama. Barcelona, 2004.

La lectora || 4:35 PM

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13 junio


Misty aboceta los garabatos de las paredes y no le habla a Angel de los retortijones. Se pasó la maldita tarde entera intentando dibujar una roca o un árbol y acabó arrugando el papel, asqueada. Intentó dibujar el pueblo que se veía a lo lejos, con el campanario y el reloj de la biblioteca, pero también arrugó aquello. Arrugó una pintura asquerosa de Peter que había intentado dibujar de memoria. Arrugó una pintura de Tabbi. Luego un unicornio. Se bebió un vaso de vino y buscó algo más que estropear con su falta de talento. Luego se comió otro bocadillo de ensalada de pollo con su extraño sabor a cilantro.
La mera idea de entrar en el bosque en penumbras para dibujar una estatua hecha trizas le erizaba el vello de la nuca. El reloj de sol caído. la gruta cerrada a cal y canto. Dios. En el prado el sol calentaba. La hierba estaba infestada de bichos. Más allá del bosque, las olas susurraban y rompían.
Mirando simplemente los márgenes a oscuras del bosque, Misty se imaginó al imponente bronce rompiendo el pincel con los brazos manchados y mirándola con sus ojos sin pupila y ciegos. Como si él hubiera matado a la Diana de mármol y cortado su cuerpo en pedazos, Misty lo imaginaba saliendo del bosque sigilosamente y yendo hacia ella.
De acuerdo con las normas del Juego Alcohólico de Misty Wilmot, cuando uno empieza a pensar que una estatua desnuda de bronce va a envolverte con sus brazos metálicos y aplastarte con su beso mientras tú te dejas las uñas intentando defenderte y le golpeas el pecho musgoso hasta tener sangre en las manos, bueno, es hora de tomar otra copa.

Chuck Palahniuk. _Diario / una novela_. Ed. Mondadori. Barcelona, 2004.

La lectora || 3:44 PM

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03 junio


Dios sabe por qué demonios está limpiando Grace Wilmot. Lo que tiene que hacer es las maletas. Esta casa. Tu casa. La cubertería de plata de ley, con tenedores y cucharas tan grandes como herramientas de jardían. Sobre la chimenea del comedor hay un cuadro al óleo de Algún Wilmot Muerto. En el sótano hay un museo reluciente y venenoso de mermeladas y compotas petrificadas, vinos vetustos de fabricación casera, peras fechadas en el inicio de la nación y fosilizadas en sirope de color ámabr. El residuo pegajoso de la riqueza y del tiempo libre.
De todos los objetos inestimables que quedan atrás, esto es lo que rescatamos. Estos artefactos. Recuerdos. Souvenirs inútiles. Nada que se pueda subastar. Las cicatrices dejadas por la felicidad.

Chuck Palahniuk. _Diario / una novela_. Ed. Mondadori, Barcelona, 2004.

La lectora || 5:43 PM

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30 mayo




Liniers. _Macanudo Nº 1_. Ed. de La Flor. Buenos Aires, 2004.

La lectora || 6:54 PM

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