Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.
Juan Rulfo. "Talpa", en _El Llano en llamas_, Anagrama, Barcelona, 1998.
Verse y amarse locamente fue una sola cosa.
Ella tenía los colmillos largos y afilados.
Él tenía la piel blanda y suave: estaban hechos el uno para el otro.
Poli Délano. "A primera vista", en _Puro cuento_, enero/febrero 1992.
Ella tenía los colmillos largos y afilados.
Él tenía la piel blanda y suave: estaban hechos el uno para el otro.
Poli Délano. "A primera vista", en _Puro cuento_, enero/febrero 1992.
Se sentía excitada, pero con miedo. Siempre, las mujeres pensamos que nosotras somos las únicas que tenemos miedo, se dijo. Los hombres son la seguridad, el sexo fuerte; nosotras somos lo incierto, el sexo débil. ¿Será verdad? Respóndeme papacito, háblame, y ay, qué tipo más sabroso. ¿Me dirá algo? ¿Le voy a responder? Tiene linda boca. y entreabrió los ojos, justo cuando empezaba a imaginar la pinga del fulano. Era alto, grande, fuerte. Bien podía ser un mequetrefe, pero no lo parecía. Había algo en él que la atemorizaba. ¿Cómo sería -se preguntaba con insistencia- puesto a trabajar en una cama? ¿ y su pinga? Muchas veces los hombres son completamente decepcionantes: cuando no se disculpan por que la tienen chica, hacen advertencias por si acaso no se les para; o bien la tienen como de madera pero no la saben usar. O si no, son faltos de imaginación, tanto como la mayoría de las mujeres. Eso, se dijo, eso es lo grave: la falta de imaginación que todos tenemos. Se pasó la lengua por la boca. ¿ Por qué lo provocaba? ¿Por qué se excitaba al coquetearlo, si también ella sentía miedo? Si cada vez que un hombre la abordaba sentía esa cosa hermosa, gratificante, de comprobar su poder, pero a la vez temía, no sabía bien qué, pero temía como una niñita perdida de sus papás. ¡Ah, si el tipo la mirara en ese preciso instante, en que con los ojos cerrados se pasaba la lengua por los labios, já, se volvería loco! Seguramente, estaba pensando en cómo iniciar la charla, y ¿qué le diría ? Ellos siempre creen que son originales, pero siempre dicen lo mismo. Todos, lo mismo. y una, siguiéndoles la corriente sólo si el chico nos interesa, pero también diciendo lo mismo. Los hombres -amplió la sonrisa, escondió la lengua- son como animalitos: torpes, previsibles, encantadores. Pero también terríficos, peligrosos cuando adquieren fuerza o cuando se ponen tontos. Que es lo que casi siempre les ocurre.
Entonces pensó en mirarlo a los ojos. No le diría nada, no necesitaba hablar. Sencillamente le regalaría una mirada, una media sonrisa y bajaría los ojos. Eso sería suficiente para que él supiera que podía empezar su jueguito. Y vaya que se lo seguiría. Pero decidió pestañear primero, por si él la miraba en ese instante; sería como un aviso, ya la vez una incitación. Si mantenía su mirada al ser mirado y luego le hablaba, cielos, ese tipo valía la pena.
Mempo Giardinelli. "Sentimental Journey", en _10 relatos eróticos_. Plaza & Janés, Barcelona, 1996.
Entonces pensó en mirarlo a los ojos. No le diría nada, no necesitaba hablar. Sencillamente le regalaría una mirada, una media sonrisa y bajaría los ojos. Eso sería suficiente para que él supiera que podía empezar su jueguito. Y vaya que se lo seguiría. Pero decidió pestañear primero, por si él la miraba en ese instante; sería como un aviso, ya la vez una incitación. Si mantenía su mirada al ser mirado y luego le hablaba, cielos, ese tipo valía la pena.
Mempo Giardinelli. "Sentimental Journey", en _10 relatos eróticos_. Plaza & Janés, Barcelona, 1996.
A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y remueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha rubia por las baldosas del patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera le gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha rubia. Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira.
Es simplemente feliz, la muchacha ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra en las baldosas.
Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro y sigue aplicando la cola a la madera terciada.
Julio Cortázar, "Patio de tarde", en _La vuelta al día en 80 mundos_.
Es simplemente feliz, la muchacha ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra en las baldosas.
Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro y sigue aplicando la cola a la madera terciada.
Julio Cortázar, "Patio de tarde", en _La vuelta al día en 80 mundos_.
Allá arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, las cortinas ondularon, las cortinas ondularon y Mona Lisa entró por un extremo de una pequeña sala en la que colgaban muchas cortinas.
Allá arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, ondularon, ondularon, y el Buda entró en la sala por el otro extremo.
Se sonrieron.
Spencer Holst. "Mona Lisa encuentra a Buda", en _El idioma de los gatos_, Ed. de la Flor, Buenos Aires, 1999.
Allá arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, ondularon, ondularon, y el Buda entró en la sala por el otro extremo.
Se sonrieron.
Spencer Holst. "Mona Lisa encuentra a Buda", en _El idioma de los gatos_, Ed. de la Flor, Buenos Aires, 1999.
"Puto el que lee esto."
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennesse Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar el relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. "Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ése es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar: "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos". Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que le debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. "Puto el que lee esto". Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
"Es un golpe bajo", dirá algún crítico amanerado, de ésos que gustan de Graham Green o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos a Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien, mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir "me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribí, no los molesto más con mi producción", no. Ahí están los libros de Moliere, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Roberto Fontanarosa. "Palabras iniciales", en _Usted no me lo va a creer_, Ed. de la Flor, Buenos Aires, 2003.
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennesse Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar el relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. "Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ése es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar: "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos". Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que le debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. "Puto el que lee esto". Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
"Es un golpe bajo", dirá algún crítico amanerado, de ésos que gustan de Graham Green o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos a Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien, mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir "me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribí, no los molesto más con mi producción", no. Ahí están los libros de Moliere, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Roberto Fontanarosa. "Palabras iniciales", en _Usted no me lo va a creer_, Ed. de la Flor, Buenos Aires, 2003.
Con la distancia las palabras se desgastan, van perdiendo la aspereza de sus señas, silla ya no es la desvencijada silla de paja a la que Diana se encaramaba para mirar por la ventana en la casa de su abuela ni la veleidosa e incómoda en la que alguien (que tampoco es, en rigor, la persona de ahora) se sentaba a escribir en el tiempo en que la historia de Leonora -y otras historias- aún no habían devastado su cara y su alma. A veces quedan retazos, el fulgor de las cosas acechando en la palabras, un vestigio de antiguas panaderías aromando fugazmente la palabra pan, una avalancha de aire jubiloso en ventarrón. O hay palabras afortunadas -brumoso, sombra, pájaro, mar- que guardan en su música el hechizo intacto de todo pájaro o del mar. Pero casi siempre las palabras devienen algo terso, más melodioso o menos desdichado o más emblemático que aquello preciso que les dio origen.
Liliana Heker. _El fin de la historia_. Alfaguara, Buenos Aires, 1996.
Liliana Heker. _El fin de la historia_. Alfaguara, Buenos Aires, 1996.
Mario tenía un modo de hablar bastante precipitado, comiéndose sílabas y palabras enteras. Pero estaba acostumbrado a que lo entendieran de todos modos. Se disponía a repetir cuando algo en la mirada de la monja lo detuvo. Recordó en un flash un consejo que había oído alguna vez: ¡no hablar! Hablando se hace ruido, y el ruido impide oír lo que pasa. Porque todo lo que pasa, sin excepciones, produce sonido. Y tiene mucha importancia oírlo para saber dónde está uno... sobre todo en una aventura. Y él, casi sin quererlo, se había metido en una aventura. Para otro podía ser un simple trámite, una averiguación; para él era una aventura. Empezaba a oír sonidos nuevos: la respiración de grandes animales con metabolismo de planetas, el ruido de las piedras al desplegarse, el "pluc pluc" del corazón de las máquinas. Además, si hablaban otros, ¿qué le dirían? De pronto, no podía imaginárselo, parecía demasiado fantástico, sujeto a un azar sin cálculos... Esa sensación le hizo ver a la monja bajo otra luz: a la vez más extraña, más sobrenatural, y más racionalizada. Porque si la esfinge-monja desafía la razón, por eso mismo la obliga a explicarla. ¿Y qué otra explicación puede haber sino la más simple, la más a mano? Las monjas son mujeres desprovistas de cerebro, falsos seres humanos.
César Aira. _El sueño_. Emecé Editores. Buenos Aires, 1998.
César Aira. _El sueño_. Emecé Editores. Buenos Aires, 1998.
¿Cómo era ella? Ella era magia. Y tan pura que yo tenía la sensación de que no me encontraba con ella sino que ella aparecía ante mí. Cada vez que la veía tenía que esperar unos segundos hasta que ella terminaba de corporizarse: era real, sí, pero no contundente; se hacía real de a poco. Vos dirás que la tengo idealizada... Bueno, decí lo que quieras. La verdad es que mis ojos eran tan negros que mi piel parecía blanca. Era como si la oscuridad me estuviera mirando. Algo de eso había en mi carácter... No quiero decir que fuera un indio negativo, porque no lo era; lo negativo me acechaba, que es distinto. No sabía cómo defenderme, por lo cual mis padecimientos fueron extremos, y cuando por fin supe cómo, conocí a Josefa. Mis ojos se volvieron verdes por su amor. La oscuridad de mi alma se disipó. Mi felicidad era tan generosa que me evitaba el sufrimientos de su propia agudeza...
Sergio Bizzio. _En esa época_. Ed. Emecé, Buenos Aires, 2001.
Sergio Bizzio. _En esa época_. Ed. Emecé, Buenos Aires, 2001.
Estoy haciendo bolitas de protector solar y arena. Sentada yo también, me dejo hamacar por una placidez amarillenta. Entre jirones de telas suaves y cintas de guata, el corazón lerdo se me va de paseo por un mundo dulce donde no hay pasado y el dolor de esperar se amortigua. Detrás de mí se van las emociones, y si el pensamiento se queda es porque ocupa tan poco espacio que ni falta hace expulsarlo. Afuera de mi cabeza no es muy distinto que adentro, ni muy distinto de mí es el deshecho en que se ha convertido el tránsfuga. Hay un erial ahí en la mente por donde sopla una racha dolida. Tendría que sacudirme. Ese hombre no para de hacerme efecto.
Marcelo Cohen. "Neutralidad". En _Los acuáticos_. Ed. Norma, Buenos Aires, 2001.
Marcelo Cohen. "Neutralidad". En _Los acuáticos_. Ed. Norma, Buenos Aires, 2001.
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