Imagina que estás sentado en una butaca y que en una pantalla que tienes delante proyectan una película en la que te hacen una operación quirúrgica sangrienta y desgarradora. El cirujano te salva la vida. Era esencial para hacer que tú seas tú. Pero no lo recuerdas. ¿O sí? ¿Entendemos los acontecimientos que nos hacen ser lo que somos? ¿Entendemos los factores que nos hacen hacer las cosas que hacemos?
Cuando dormimos por la noche, cuando atravesamos un campo y vemos un árbol lleno de pájaros dormidos, cuando les decimos mentiras sin importancia a los amigos, cuando hacemos el amor,¿qué actos quirúrgicos se producen en nuestras almas? ¿Qué daños, curas y sobresaltos tendremos que superar y nunca seremos capaces de comprender? ¿Qué películas se filman que nunca se proyectarán?
Pero lo que es justo es justo: en Europa pasó algo. Y lo que pasó es que allí conocí a otra persona -Stéphanie, ya he dicho su nombre- y durante algún tiempo dejé de acordarme de Anna-Louise.
Pero, claro, ahora he vuelto a recordarla.
Y naturalmente mi relación con Anna-Louise ha cambiado. La mayoría de las prisas anteriores se han desvanecido, aunque eso es un alivio. El nuestro nunca ha sido un amor como de anuncio de cerveza, eso para empezar. Me deprimía que nuestra relación no se pareciera más a un anuncio de cerveza. Ya sabes: coches a más velocidad que la luz despidiendo canciones nucleares mientras veinte rubias de Planer Beach asan a unos bebés y amenazan con ponerse a follar en cualquier momento. Uno se contenta con lo que tiene.
Si Anna-Louise y yo hacemos demasiado hincapié en que nos gustamos el uno al otro, eso sólo nos recuerda que no somos tan apasionados como nos dicen que deberíamos ser. Mejor no pensar demasiado en esas cuestiones.
Me gusta Anna-Louise. Nos sentimos cómodos el uno con el otro, y espero que esto sea suficiente. Quedo exhausto pensado que debería haber algo más.
Douglas Coupland. _Planeta Champú_. Ediciones B, S.A., 1994
-Ha sido fantástico, Paloma -me dijo Arturo cuando la puerta de cristal se cerró, y me di cuenta de que ni siquiera había llegado a conocer el nombre de mi primera clienta-. Enhorabuena.
-Tu llegarás lejos -corroboró su mujer-. Dame dos besos.
Escuché algunas promesas vagas, frases a medias sobre un aumento de sueldo, un porcentaje de las comisiones, un rutilante futuro en el negocio de la moda, y decidí que no podía seguir trabajando allí durante mucho más tiempo, porque ella no se había despedido de mí, porque no me había dicho nada, porque no me había dado las gracias. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, sólo el título del libro donde se escondía, y en el que yo había leído una arrogancia, una soberbia, una admirable determinación que nos igualaba, porque las dos teníamos un sitio propio que nadie entendía y que por eso nadie podría nunca invadir. Pero quizás no era más que cobardía, el deseo de no mirar para no tener que ver, el miedo a comprender lo que se ve cuando se mira. O a lo mejor, lo único que pasaba es que no éramos iguales, que nunca lo seríamos. Yo también tenía orgullo, y problemas, mucha menos y mucha más suerte que ella, un don y una ventaja. Yo sabía que allí todo era mentira, y mis verdades pocas, contadas, frágiles hasta el instante en que salía a la calle.
Nos dieron la tarde libre y me despedí hasta el lunes, pero al salir de la tienda me encontré con que la calle Lista había cambiado. Su perfil se había desplomado, arrastrando consigo las aceras, los coches y los edificios, a lo largo de una pendiente favorable, cómoda, larguísima. Yo sabía que aquella cuesta abajo no era real, que no podía serlo porque una calle es siempre igual, tan plana o empinada a la ida como a la vuelta, pero aquella muchacha había vuelto a existir en su mundo y ya era hora de que yo volviera al mío. Mis pies avanzaban sin esfuerzo después de un día entero de trabajo, el sol calentaba sin quemar, y el metro volaba sobre los raíles. Tirso de Molina me estaba esperando, y en la sastrería de mi abuelo esperaba también un torero muy joven, muy guapo, muy consciente de su ambición, y de su miedo.
-Buenas tardes -decía mi padre en aquel instante-. ¿Qué desea?
No le dejé seguir.
Me acerqué a él, le puse una mano en el hombro y le miré. Cuando me miró, vi que tenía la cabeza grande, el pelo muy corto, rubio oscuro, los ojos dulces, la nariz recta, los labios apretados, y dos manos enormes de labrador, anchas y ásperas, de dedos largos, gruesos. Tenía también un aire decidido e indefenso al mismo tiempo, como si no estuviera muy seguro de haber dejado de ser un niño, como si acabara de llegar de la fotografía antigua de un pueblo andaluz seco y remoto, como si estuviera dispuesto a tragarse el mundo entero de un bocado, y entonces vi el hilo, la línea que separa la vida de la muerte, tendido entre sus ojos y los míos como un puente de luz, tenso, transparente. Primero vi aquel hilo. Después, por fin, un color.
-Tabaco -le dije-. Tabaco y negro. Y el año que viene estás en los carteles de San Isidro, puedes estar seguro...
Almudena Grandes. "Tabaco y negro" en _Estaciones de paso_. Tusquets, Buenos Aires, 2005.
-Tu llegarás lejos -corroboró su mujer-. Dame dos besos.
Escuché algunas promesas vagas, frases a medias sobre un aumento de sueldo, un porcentaje de las comisiones, un rutilante futuro en el negocio de la moda, y decidí que no podía seguir trabajando allí durante mucho más tiempo, porque ella no se había despedido de mí, porque no me había dicho nada, porque no me había dado las gracias. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, sólo el título del libro donde se escondía, y en el que yo había leído una arrogancia, una soberbia, una admirable determinación que nos igualaba, porque las dos teníamos un sitio propio que nadie entendía y que por eso nadie podría nunca invadir. Pero quizás no era más que cobardía, el deseo de no mirar para no tener que ver, el miedo a comprender lo que se ve cuando se mira. O a lo mejor, lo único que pasaba es que no éramos iguales, que nunca lo seríamos. Yo también tenía orgullo, y problemas, mucha menos y mucha más suerte que ella, un don y una ventaja. Yo sabía que allí todo era mentira, y mis verdades pocas, contadas, frágiles hasta el instante en que salía a la calle.
Nos dieron la tarde libre y me despedí hasta el lunes, pero al salir de la tienda me encontré con que la calle Lista había cambiado. Su perfil se había desplomado, arrastrando consigo las aceras, los coches y los edificios, a lo largo de una pendiente favorable, cómoda, larguísima. Yo sabía que aquella cuesta abajo no era real, que no podía serlo porque una calle es siempre igual, tan plana o empinada a la ida como a la vuelta, pero aquella muchacha había vuelto a existir en su mundo y ya era hora de que yo volviera al mío. Mis pies avanzaban sin esfuerzo después de un día entero de trabajo, el sol calentaba sin quemar, y el metro volaba sobre los raíles. Tirso de Molina me estaba esperando, y en la sastrería de mi abuelo esperaba también un torero muy joven, muy guapo, muy consciente de su ambición, y de su miedo.
-Buenas tardes -decía mi padre en aquel instante-. ¿Qué desea?
No le dejé seguir.
Me acerqué a él, le puse una mano en el hombro y le miré. Cuando me miró, vi que tenía la cabeza grande, el pelo muy corto, rubio oscuro, los ojos dulces, la nariz recta, los labios apretados, y dos manos enormes de labrador, anchas y ásperas, de dedos largos, gruesos. Tenía también un aire decidido e indefenso al mismo tiempo, como si no estuviera muy seguro de haber dejado de ser un niño, como si acabara de llegar de la fotografía antigua de un pueblo andaluz seco y remoto, como si estuviera dispuesto a tragarse el mundo entero de un bocado, y entonces vi el hilo, la línea que separa la vida de la muerte, tendido entre sus ojos y los míos como un puente de luz, tenso, transparente. Primero vi aquel hilo. Después, por fin, un color.
-Tabaco -le dije-. Tabaco y negro. Y el año que viene estás en los carteles de San Isidro, puedes estar seguro...
Almudena Grandes. "Tabaco y negro" en _Estaciones de paso_. Tusquets, Buenos Aires, 2005.
porque yo me desierto y tú me lluvias
porque me océano y me balsas
porque me otoño y tú me hojas
porque me sótano y me alas
por eso yo te músico y me músicas
por eso yo te potro y tú me frutas
y yo te marinero y me tabernas
y yo te remolino y me lagunas
por eso yo te circo y tú me infancias
por eso te amarillo y me amarillas
y te barco y me arenas
y te astro y me noches
y te buzo y me perlas
y te campo y me flores
por eso yo te viento y tú me crines
por eso te crepúsculo y me auroras
por eso yo te cielo y tú me golondrinas
Pedro Mairal. "Por eso".
porque me océano y me balsas
porque me otoño y tú me hojas
porque me sótano y me alas
por eso yo te músico y me músicas
por eso yo te potro y tú me frutas
y yo te marinero y me tabernas
y yo te remolino y me lagunas
por eso yo te circo y tú me infancias
por eso te amarillo y me amarillas
y te barco y me arenas
y te astro y me noches
y te buzo y me perlas
y te campo y me flores
por eso yo te viento y tú me crines
por eso te crepúsculo y me auroras
por eso yo te cielo y tú me golondrinas
Pedro Mairal. "Por eso".
Sierva María no entendió nunca qué fue de Cayetano Delaura, por qué no volvió con su cesta de primores de los portales y sus noches insaciables. El 29 de mayo, sin alientos para más, volvió a soñar con la ventana de un campo nevado, donde Cayetano Delaura no estaba ni volvería a estar nunca. Tenía en el regazo un racimo de uvas doradas que volvían a retoñar tan pronto como se las comía. Pero esta vez no las arrancaba una por una, sino de dos en dos, sin respirar apenas por las ansias de ganarle al racimo hasta la última uva. La guardiana que entró a prepararla para la sexta sesión de exorcismos la encontró muerta de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacida. Los troncos de los cabellos le brotaban como burbujas en el cráneo rapado, y se les veía crecer.
Gabriel García Márquez. _Del amor y otros demonios_. Sudamericana, Buenos Aires, 1994.
Gabriel García Márquez. _Del amor y otros demonios_. Sudamericana, Buenos Aires, 1994.
Las paredes estaban literalmente heladas. El metal de las persianas, en cambio, se había pasado al otro lado: estaba tan frío que ardía. A veces, por la mañana, pero más que nada en la noche, el viento sonaba como un ser rabioso, metiendo sus cuchillas afiladas por resquicios en los que el aire -su hermano- hubiera sido incapaz de entrar.
Las luces de la planta baja estaban siempre encendidas. Recluido en su cuarto, María hacía gimnasia: cien flexiones de brazos, cien abdominales, una tras otra, lentamente, dedicándole a cada una de ellas la misma entrega, la misma concentración que le hubiera dedicado a Rosa en un beso.
Ya no la extrañaba, pero no pasaba un minuto sin pensar en ella.
Y no quería verla. A veces, incluso, cuando Rosa subía a limpiar los cuartos, a lavar los baños, a pasar la aspiradora, a limpiar los vidrios (ocasiones en las que siempre, como cualquier otra mujer, parecía estar en otra parte), María le daba la espalda. El fantasma quería ser fantasma. En cualquier lugar donde se hubiese ocultado, cada vez que Rosa trabajaba en la mansarda, él (religiosamente) le daba la espalda, como en el feng shui. Su adoración por ella era tan grande que se había vuelto místico para negarla sin morir.
Sergio Bizzio. _Rabia_ Interzona, Buenos Aires, 2005.
Las luces de la planta baja estaban siempre encendidas. Recluido en su cuarto, María hacía gimnasia: cien flexiones de brazos, cien abdominales, una tras otra, lentamente, dedicándole a cada una de ellas la misma entrega, la misma concentración que le hubiera dedicado a Rosa en un beso.
Ya no la extrañaba, pero no pasaba un minuto sin pensar en ella.
Y no quería verla. A veces, incluso, cuando Rosa subía a limpiar los cuartos, a lavar los baños, a pasar la aspiradora, a limpiar los vidrios (ocasiones en las que siempre, como cualquier otra mujer, parecía estar en otra parte), María le daba la espalda. El fantasma quería ser fantasma. En cualquier lugar donde se hubiese ocultado, cada vez que Rosa trabajaba en la mansarda, él (religiosamente) le daba la espalda, como en el feng shui. Su adoración por ella era tan grande que se había vuelto místico para negarla sin morir.
Sergio Bizzio. _Rabia_ Interzona, Buenos Aires, 2005.
Ese juego lo descubrimos cuando Estefanía al besarme me ensalivó la mano sin querer y dijo de pronto:
"Qué raro, tu mano huele a apio."
Yo no quise decirle que lo que olía era su propia saliva (habíamos llevado una ensalada de apio al picnic) y la dejé continuar con el juego. Así que mientras nuestro amigo seguía contemplando la hoja seca que cayó en la página del manuscrito, ella continuó descubriendo olores raros en las distintas partes de mi cuerpo, según en su saliva predominara uno de los olores de las cosas que iba comiendo. Se asombró ante tantos olores fuertes y extravagantes que asoció con procesos de fermentación y misterios orgánicos. Pero lo que más le sorprendió fue, precisamente, encontrar una relación entre las partes de mi cuerpo y cosas que estaban fuera de mí y eran ajenas a mi epidermis. Quedó tan inquieta por el hallazgo, que me pidió que le dijera a qué olía su cuerpo. Me pareció que yo tenía la oportunidad de ser más gentil y delicado de lo que ella había sido conmigo, así que primero acabé de comer los sandwiches y los quesos, y me reservé el placer de olerla hasta la hora de las frutas.
Comí mandarina, y le ensalivé el pelo, lo olí y le dije:
"Tu pelo huele a mandarina."
Comí fresas y le ensalivé los pezones. Los olí y le dije:
"Tus pezones huelen a fresas."
Comí manzana y le ensalivé el resto de los pechos. Los olí y le dije:
"Tus pechos huelen a manzana."
Para esto, comenzó a llover y tuvimos que regresar a casa.
Nuestro amigo se despidió de nosotros, agradecido porque le habíamos dado una oportunidad más de aparecer en nuestras vidas, y orgulloso porque sabía -es decir, supo-, que durante un tiempo ya no se podría decir que Estefanía y yo cantábamos, barríamos o escribíamos en días y momentos indefinidos de nuestra existencia, porque a cambio de eso cantamos, barrimos y escribimos en fechas muy concretas, que jamás se me olvidarán: un 20 de agosto, cantamos desde las 9 de la mañana a las 12 del día. Un 13 de diciembre en la madrugada, barrimos nuestro cuarto y las escaleras del edificio. Un 18 de enero, escribimos todo lo que nos sucedió el día anterior, 17 de enero, hasta los primeros minutos del día 18, que fue cuando comenzamos a escribirlo. Y sobre todo aquella tarde, del 21 de abril, en que antes de llegar a nuestro cuarto, fuimos al mercado de las frutas y yo compré peras, piñas, mangos y albaricoques para ensalivar a Estefanía de pies a cabeza.
Fernando del Paso. _Palinuro de México_. Casa de las Américas, La Habana, 1977.
"Qué raro, tu mano huele a apio."
Yo no quise decirle que lo que olía era su propia saliva (habíamos llevado una ensalada de apio al picnic) y la dejé continuar con el juego. Así que mientras nuestro amigo seguía contemplando la hoja seca que cayó en la página del manuscrito, ella continuó descubriendo olores raros en las distintas partes de mi cuerpo, según en su saliva predominara uno de los olores de las cosas que iba comiendo. Se asombró ante tantos olores fuertes y extravagantes que asoció con procesos de fermentación y misterios orgánicos. Pero lo que más le sorprendió fue, precisamente, encontrar una relación entre las partes de mi cuerpo y cosas que estaban fuera de mí y eran ajenas a mi epidermis. Quedó tan inquieta por el hallazgo, que me pidió que le dijera a qué olía su cuerpo. Me pareció que yo tenía la oportunidad de ser más gentil y delicado de lo que ella había sido conmigo, así que primero acabé de comer los sandwiches y los quesos, y me reservé el placer de olerla hasta la hora de las frutas.
Comí mandarina, y le ensalivé el pelo, lo olí y le dije:
"Tu pelo huele a mandarina."
Comí fresas y le ensalivé los pezones. Los olí y le dije:
"Tus pezones huelen a fresas."
Comí manzana y le ensalivé el resto de los pechos. Los olí y le dije:
"Tus pechos huelen a manzana."
Para esto, comenzó a llover y tuvimos que regresar a casa.
Nuestro amigo se despidió de nosotros, agradecido porque le habíamos dado una oportunidad más de aparecer en nuestras vidas, y orgulloso porque sabía -es decir, supo-, que durante un tiempo ya no se podría decir que Estefanía y yo cantábamos, barríamos o escribíamos en días y momentos indefinidos de nuestra existencia, porque a cambio de eso cantamos, barrimos y escribimos en fechas muy concretas, que jamás se me olvidarán: un 20 de agosto, cantamos desde las 9 de la mañana a las 12 del día. Un 13 de diciembre en la madrugada, barrimos nuestro cuarto y las escaleras del edificio. Un 18 de enero, escribimos todo lo que nos sucedió el día anterior, 17 de enero, hasta los primeros minutos del día 18, que fue cuando comenzamos a escribirlo. Y sobre todo aquella tarde, del 21 de abril, en que antes de llegar a nuestro cuarto, fuimos al mercado de las frutas y yo compré peras, piñas, mangos y albaricoques para ensalivar a Estefanía de pies a cabeza.
Fernando del Paso. _Palinuro de México_. Casa de las Américas, La Habana, 1977.
El primero de junio del año pasado Fontamara quedó, por primera vez, sin luz eléctrica. El dos de junio, el tres de junio, el cuatro de junio, Fontamara siguió sin luz eléctrica. Y así también en los días sucesivos y en los meses sucesivos, hasta que el pueblo volvió a acostumbrarse al régimen de la claridad de la luna. Para llegar de la claridad de la luna a la luz eléctrica, Fontamara había necesitado un centenar de años, pasando por el aceite de oliva y el petróleo. Para volver de la luz eléctrica a la claridad de la luna, le bastó un anochecer.
Los jóvenes no conocen la historia, pero nosotros, los viejos, la conocemos. Todas las novedades que en setenta años nos trajeron los piamonteses se reducen, en definitiva, a dos: la luz eléctrica y los cigarrillos. La luz eléctrica han vuelto a quitárnosla. ¿Y los cigarrillos? Que se atragante el que los ha fumado siquiera una vez. A nosotros siempre nos ha bastado la pipa.
Ignazio Silone. _Fontamara_. Losada, Buenos Aires, 1962.
Los jóvenes no conocen la historia, pero nosotros, los viejos, la conocemos. Todas las novedades que en setenta años nos trajeron los piamonteses se reducen, en definitiva, a dos: la luz eléctrica y los cigarrillos. La luz eléctrica han vuelto a quitárnosla. ¿Y los cigarrillos? Que se atragante el que los ha fumado siquiera una vez. A nosotros siempre nos ha bastado la pipa.
Ignazio Silone. _Fontamara_. Losada, Buenos Aires, 1962.
Uno está solo. Uno compra un dulce para vengarse de la soledad. Uno está solo y lee, para buscar la compañía de otro que también está solo y por eso escribe. Uno está solo con su piel de solo, una piel de granitos. Una tiene novio, marido o amante, porque dice que la soledad a dos es más soportable, pero la soledad es siempre la misma, endúlcela o no. Uno tiene hijos porque cree que son ellos los que uno cree que harán olvidar cuán solos estamos, pero un día han crecido y uno reafirma que es el culpable de la soledad de sus hijos. El parto es el acto de soledad más grande de la vida, porque hay un ser que te abandona, que dejó de ser tú. Un ser que se sintió muy solo dentro de ti. Y nos cae encima el peso de la muerte, todo el peso de la vida. ¡Ese terror tan solitario! Uno está solo y mira al teléfono. Escuchas música con placer sadomasoquista de estar todavía más solo. Uno está terriblemente solo y mira a través de la ventana, siempre habrá una ventana para cada solo, y un smog de soledad se cuelga por las chimeneas.
Zoé Valdés._Sangre azul_.Emecé Editores, Buenos Aires, 1998.
Zoé Valdés._Sangre azul_.Emecé Editores, Buenos Aires, 1998.
¿INCOLORO? ¡DE NINGÚN MODO!
(Homo lo pone todo negro)
TODO puede tener un color negrísimo, pues Homo lo pone
TODO negro: sus slips, sus sostenes, sus jérseis, sus bikinis, sus
corpiños, sus ponchos, sus kimonos
TODO: sus vestidos (de luto), sus smokings (de solemnes momentos)
e incluso sus boros, sus oros (de pozos) y sus toros,
sus petróleos, sus espinos,
sus humos, sus humores,
sus cuervos, sus diez negritos,
sus comercios ilícitos, sus porvenires tristes,
sus noches sin luz, sus eclipses,
sus mirlos comunes, sus conjuros luciféricos, sus líquidos de
escribir,
sus borrones, sus errores, sus signos ininteligibles en sus escritos,
sus viejos discos de Jorge Negrete,
su rey preferido del trío del seis de Enero,
sus tés con tueste después de secos,
sus dineros no intervenidos por el fisco,
sus infortunios en el túnel que concluye en muerte y, en el
infinito...
¡el negro, el Negro, el Negro!
¿INCOLORO? ¡DE NINGÚN MODO!
Georges Perec. _El secuestro_ Anagrama, Barcelona, 1997.
Se volvió y la miró como si fuese por última vez, como quién repite un gesto inmemorialmente irremediable. Ìntimamente, hubiera preferido no haberlo hecho; pero al llegar a la puerta sintió que nada podría evitar la reincidencia de esa escena tantas veces relatada en la historia del amor, que es la historia del mundo. Ella lo miraba con una mirada intensa, en la que había incomprensión y anhelo, como pidiéndole, al mismo tiempo, que no se fuese y que no dejase de partir, por aquello de que todo era imposible entre ambos.
La vio así por un tiempo, en su belleza morena, real pero distanciándose ya en la penumbra del ambiente que para él era como la luz de la memoria. Quiso prestarle un tono natural a la mirada que le dirigía, pero fue en vano pues sentía que todo su ser se evaporaba en dirección a ella. Más tarde le parecería no recordar ningún color en aquel instante de separación, pese a la lámpara rosa que debía estar encendida. Recordaría haberse dicho que la ausencia de colores es completa en todas las rupturas.
Sus miradas fulguraron por un momento de uno hacia el otro, después se acariciaron con ternura y, finalmente, se dijeron que no había nada que hacer. Le dijo adiós con dulzura, giró y cerró de golpe la puerta sobre sí mismo en una tentativa de seccionar esos dos mundos que eran él y ella. Pero el brusco movimiento de cerrar le prendió entre las hojas de madera el espeso tejido de la vida, y él permaneció retenido, sin poder moverse del lugar, sintiéndo formarse el llanto muy lejos en su interior hasta subir en busca de espacio, como un río que nace.
Cerró los ojos, intentando adelantarse a la agonía del momento, pero el hecho de saberla allí a su lado, separada de él por categóricos imperativos de sus vidas, no le daba fuerzas para desprenderse de ella. Sabía que aquella era su amada, por quién había esperado desde siempre y a quién durante muchos años había buscado en cada mujer, en medio de la más terrible y dolorosa búsqueda. Sabía también que el primer paso que diese pondría en movimiento su máquina de vivir y que él, como un autómata, saldría, comenzaría a andar, a hacer cosas, distanciándose cada vez más de ella, cada vez más...
Mientras tanto allí, a pocos pasos, estaba su forma femenina que no era ninguna otra forma femenina que la de ella, la mujer amada, aquella que él bendijera con sus besos y agasajara en los instantes de amor de sus cuerpos. Procuró imaginarla en su doloroso mutismo, envuelta ya en su propio espacio, perdida en medio de sus propias reflexiones, un ser desligado de él por el límite existente entre todas las cosas creadas.
De pronto, sintiéndo que estaba a punto de estallar en lágrimas, corrió hacia la calle y comenzó a andar sin rumbo...
Vinicius de Moraes. "Separación", en _Para vivir un gran amor_. Ediciones de la Flor, 1970.
La vio así por un tiempo, en su belleza morena, real pero distanciándose ya en la penumbra del ambiente que para él era como la luz de la memoria. Quiso prestarle un tono natural a la mirada que le dirigía, pero fue en vano pues sentía que todo su ser se evaporaba en dirección a ella. Más tarde le parecería no recordar ningún color en aquel instante de separación, pese a la lámpara rosa que debía estar encendida. Recordaría haberse dicho que la ausencia de colores es completa en todas las rupturas.
Sus miradas fulguraron por un momento de uno hacia el otro, después se acariciaron con ternura y, finalmente, se dijeron que no había nada que hacer. Le dijo adiós con dulzura, giró y cerró de golpe la puerta sobre sí mismo en una tentativa de seccionar esos dos mundos que eran él y ella. Pero el brusco movimiento de cerrar le prendió entre las hojas de madera el espeso tejido de la vida, y él permaneció retenido, sin poder moverse del lugar, sintiéndo formarse el llanto muy lejos en su interior hasta subir en busca de espacio, como un río que nace.
Cerró los ojos, intentando adelantarse a la agonía del momento, pero el hecho de saberla allí a su lado, separada de él por categóricos imperativos de sus vidas, no le daba fuerzas para desprenderse de ella. Sabía que aquella era su amada, por quién había esperado desde siempre y a quién durante muchos años había buscado en cada mujer, en medio de la más terrible y dolorosa búsqueda. Sabía también que el primer paso que diese pondría en movimiento su máquina de vivir y que él, como un autómata, saldría, comenzaría a andar, a hacer cosas, distanciándose cada vez más de ella, cada vez más...
Mientras tanto allí, a pocos pasos, estaba su forma femenina que no era ninguna otra forma femenina que la de ella, la mujer amada, aquella que él bendijera con sus besos y agasajara en los instantes de amor de sus cuerpos. Procuró imaginarla en su doloroso mutismo, envuelta ya en su propio espacio, perdida en medio de sus propias reflexiones, un ser desligado de él por el límite existente entre todas las cosas creadas.
De pronto, sintiéndo que estaba a punto de estallar en lágrimas, corrió hacia la calle y comenzó a andar sin rumbo...
Vinicius de Moraes. "Separación", en _Para vivir un gran amor_. Ediciones de la Flor, 1970.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)