Puede pasar que en el tren yendo del trabajo a casa abras la puerta de un lavabo y te encuentres a una morena con el pelo recogido y solamente unos pendientes largos temblando junto a su cuello liso y blanco, y que esté sentada dentro con la ropa de la cintura para abajo en el suelo. La blusa abierta sin nada debajo más que las manos sujetando los pechos. Las uñas de las manos, los labios y los pezones del mismo tono entre marrón y rojo. Las piernas tan blancas como el cuello y lisas como un coche que podrías conducir a doscientos cincuenta por hora, y su pelo igual de moreno en todas partes. Y ella se lame los labios.
Cierras de un portazo y dices:
-Lo siento.
Y del interior sale una voz que dice:
-No lo sientas.
Chuck Palahniuk. _Asfixia_. Ed. Mondadori, Barcelona 2001.
Todo era mucho más confuso de lo que había imaginado, sobre todo al inventar la existencia de varias personas, y empezaba a sospechar que ni siquiera lo había planeado con el suficiente detalle. Ya tenía tres personajes en su película personal, Paula, Ned y su madre (quien al contrario que los otros dos no era imaginaria, ya que había estado viva, aunque había que reconocer que de un tiempo a esta parte no lo estaba), y le daba en la nariz que si iba a seguir adelante con su historia, pronto tendría un plantel de miles de personajes secundarios. ¿Cómo iba a salirse con la suya? ¿Cuántas veces tendría que ser Ned raptado de forma más o menos razonable por su madre, o por su abuela materna, o por una banda internacional de terroristas? ¿Qué razón podía argüír para no invitar a Suzie a su piso, donde no había juguetes ni cunas ni pañales ni cuencos, por no hablar de un dormitorio para el niño? ¿No podía matar a Ned como consecuencia de alguna terrible enfermedad, o en un accidente de tráfico? Una verdadera tragedia, sí, pero la vida sigue. No, no parecía muy aconsejable. Cualquier padre se queda totalmente destrozado por la muerte de su hijo, y los años de dolor que serían necesarios para que resultase convincente terminarían por agotar sus recursos dramáticos. ¿Y Paula? ¿No podía Ned irse a vivir con su madre aun cuando ella no tuviese muchas ganas de verlo? En tal caso... En tal caso ya no sería un padre separado al cargo de su hijo, claro. Y de ese modo perdería incluso los papeles.
No, estaba claro que el desastre era inminente e inevitable. Mejor sería bajarse en marcha, largarse, dejarlos a todos con la impresión de que se encontraban ante un excéntrico, un inadaptado, nada más; desde luego, así nadie pensaría que era un pervertido, un fantaseador o cualquier otra de las cosas en que estaba a punto de convertirse. Pero largarse por las buenas no era muy propio de Will. No correspondía a su estilo. Siempre tenía la impresión de que algo estaba a punto de suceder, aun cuando nada sucediese o no hubiera la menor posibilidad de ello, como ocurría la mayor parte de las veces. En cierta ocasión, muchos años antes, cuando era niño, le había dicho a un compañero de clase (no sin antes cerciorarse de que su amigo no era aficionado a los libros para niños de C.S. Lewis) que por la parte posterior de su armario se accedía a un mundo diferente, y le invitó a su casa para que él mismo lo explorase. Podría haber cancelado la invitación con cualquier excusa, pero no estaba preparado para padecer un momento de vergüenza a menos que fuera inmediatamente necesario, y así estuvieron los dos metidos dentro del armario, entre las prendas colgadas de las perchas por espacio de unos minutos, hasta que Will murmuró que el mundo en cuestión estaba cerrado los sábados por la tarde. Esto lo mantuvo en pie, y recordaba haber albergado una genuina esperanza hasta el ultimísimo minuto: quizás allí haya algo, llegó a pensar, tal vez finalmente no quede en mal lugar. No hubo nada, y quedó en mal lugar, quedó fatal, de hecho, pero no sacó nada en claro de semejante experiencia; si acaso, diríase que le dejó con la sensación de que a la próxima vez le sonreiría la suerte. Y allí estaba, a sus treinta y tantos, sabedor de que de ninguna manera y en ninguna parte tenía un hijo de dos años, pero emperrado en la presuposición de que, cuando llegase la hora de la verdad, algún hijo aparecería, tal vez debajo de las piedras.
Nick Hornby. _Érase una vez un padre_. Ediciones B, Barcelona, 1999.
No, estaba claro que el desastre era inminente e inevitable. Mejor sería bajarse en marcha, largarse, dejarlos a todos con la impresión de que se encontraban ante un excéntrico, un inadaptado, nada más; desde luego, así nadie pensaría que era un pervertido, un fantaseador o cualquier otra de las cosas en que estaba a punto de convertirse. Pero largarse por las buenas no era muy propio de Will. No correspondía a su estilo. Siempre tenía la impresión de que algo estaba a punto de suceder, aun cuando nada sucediese o no hubiera la menor posibilidad de ello, como ocurría la mayor parte de las veces. En cierta ocasión, muchos años antes, cuando era niño, le había dicho a un compañero de clase (no sin antes cerciorarse de que su amigo no era aficionado a los libros para niños de C.S. Lewis) que por la parte posterior de su armario se accedía a un mundo diferente, y le invitó a su casa para que él mismo lo explorase. Podría haber cancelado la invitación con cualquier excusa, pero no estaba preparado para padecer un momento de vergüenza a menos que fuera inmediatamente necesario, y así estuvieron los dos metidos dentro del armario, entre las prendas colgadas de las perchas por espacio de unos minutos, hasta que Will murmuró que el mundo en cuestión estaba cerrado los sábados por la tarde. Esto lo mantuvo en pie, y recordaba haber albergado una genuina esperanza hasta el ultimísimo minuto: quizás allí haya algo, llegó a pensar, tal vez finalmente no quede en mal lugar. No hubo nada, y quedó en mal lugar, quedó fatal, de hecho, pero no sacó nada en claro de semejante experiencia; si acaso, diríase que le dejó con la sensación de que a la próxima vez le sonreiría la suerte. Y allí estaba, a sus treinta y tantos, sabedor de que de ninguna manera y en ninguna parte tenía un hijo de dos años, pero emperrado en la presuposición de que, cuando llegase la hora de la verdad, algún hijo aparecería, tal vez debajo de las piedras.
Nick Hornby. _Érase una vez un padre_. Ediciones B, Barcelona, 1999.
Eran, pues, de su tiempo. Se sentían a gusto consigo mismos. No eran, decían, del todo ilusos. Sabían mantener las distancias. Tenían desparpajo, o al menos lo intentaban. Tenían humor. Distaban mucho de ser tontos.
Un análisis profundo habría revelado fácilmente, en el grupo que formaban, corrientes divergentes, antagonismos sordos. Un sociómetro maniático y puntilloso no habría tardado en descubrir discrepancias, exclusiones recíprocas, enemistades latentes. A veces se daba el caso de que uno u otro de ellos, de resultas de incidentes más o menos fortuitos, de provocaciones larvadas, de desacuerdos disimulados, sembraba la discordia en el seno del grupo. Entonces, su hermosa amistad se venía abajo. Descubrían, con fingido estupor, que fulano, a quien creían generoso, era la mezquindad personificada, que mengano no era más que un egoísta. Se producían tiranteces, se consumaban rupturas. A veces hallaban un placer maligno en azuzarse unos contra otros. O bien aparecían las malas caras prolongadas, los períodos de distanciamiento acusado, de frialdad. Se evitaban y se justificaban sin cesar el que se evitasen, hasta que sonaba la hora de los perdones, de las reconciliaciones efusivas. Pues, a fin de cuentas, no podían pasar unos sin otros.
Estos juegos le ocupaban intensamento y dedicaban a ellos un tiempo precioso que, sin dificultad, habrían podido emplear en cosas muy diferentes. Pero estaban hechos de tal manera que, por más que lo sintieran a veces, el grupo que formaban los definía casi por completo. Fuera de él, carecían de vida real. Como todo, tenían la sensatez de no verse demasiado a menudo, de no trabajar siempre juntos, e incluso se esforzaban en mantener actividades individuales, zonas privadas en las que podían refugiarse, en las que podían olvidar un poco, no el grupo mismo, la mafia, el equipo, sino, por supuesto, la tensión que lo sustentaba. Su vida casi común hacía más fáciles los estudios, los viajes a provincias, las noches de análisis o redacción de informes; pero también los condenaba a ellos. Puede decirse que era su drama secreto, su debilidad común. Era aquello de lo que nunca hablaban.
Georges Perec. _Las cosas_. Anagrama, Barcelona, 2001.
Un análisis profundo habría revelado fácilmente, en el grupo que formaban, corrientes divergentes, antagonismos sordos. Un sociómetro maniático y puntilloso no habría tardado en descubrir discrepancias, exclusiones recíprocas, enemistades latentes. A veces se daba el caso de que uno u otro de ellos, de resultas de incidentes más o menos fortuitos, de provocaciones larvadas, de desacuerdos disimulados, sembraba la discordia en el seno del grupo. Entonces, su hermosa amistad se venía abajo. Descubrían, con fingido estupor, que fulano, a quien creían generoso, era la mezquindad personificada, que mengano no era más que un egoísta. Se producían tiranteces, se consumaban rupturas. A veces hallaban un placer maligno en azuzarse unos contra otros. O bien aparecían las malas caras prolongadas, los períodos de distanciamiento acusado, de frialdad. Se evitaban y se justificaban sin cesar el que se evitasen, hasta que sonaba la hora de los perdones, de las reconciliaciones efusivas. Pues, a fin de cuentas, no podían pasar unos sin otros.
Estos juegos le ocupaban intensamento y dedicaban a ellos un tiempo precioso que, sin dificultad, habrían podido emplear en cosas muy diferentes. Pero estaban hechos de tal manera que, por más que lo sintieran a veces, el grupo que formaban los definía casi por completo. Fuera de él, carecían de vida real. Como todo, tenían la sensatez de no verse demasiado a menudo, de no trabajar siempre juntos, e incluso se esforzaban en mantener actividades individuales, zonas privadas en las que podían refugiarse, en las que podían olvidar un poco, no el grupo mismo, la mafia, el equipo, sino, por supuesto, la tensión que lo sustentaba. Su vida casi común hacía más fáciles los estudios, los viajes a provincias, las noches de análisis o redacción de informes; pero también los condenaba a ellos. Puede decirse que era su drama secreto, su debilidad común. Era aquello de lo que nunca hablaban.
Georges Perec. _Las cosas_. Anagrama, Barcelona, 2001.
El gusto propio, el de la propia boca, el de los dientes y el de la lengua húmeda, el de los labios resecos con gusto a sudor, se funde y desaparece en la consistencia de la carne blanca del pescado que se deshace bajo la trituración de los dientes; la sal y el pan primero saben por sí mismos, pero después se funden en el sabor único del bocado que el vino tinto penetra y contribuye a macerar. Recibe en la boca y comienza a triturar con los dientes un bocado y después recibe en la boca de su propia mano que se alza con el vaso un largo trago de vino y los jugos del alimento se mezclan y confunden con el sabor grueso del vino, mientras ve los cuerpos extenderse en dos hileras en dirección a la cabecera opuesta, hacia la inmovilidad amarilla del camino, moviéndose y emitiendo sonidos y voces que puede escuchar, y deja sobre la mesa el vaso sin nada cuyo contacto liso y frío permanece un momento como un eco de contacto que más es recuerdo contra la yema de sus dedos: uno de esos recuerdos que no parecen pasar a la memoria sino quedar, anacrónicos, adheridos al lugar de la sensación, ojos, dedos, lengua.
Juan José Saer. _El limonero real_. Alianza Bolsillo, Buenos Aires, 1987.
Juan José Saer. _El limonero real_. Alianza Bolsillo, Buenos Aires, 1987.
Estaba un poco inquieto, algo no marchaba. Demasiadas verdes. Un verde obstinado, maldito, como el de los bosques cuando ya no sirven. Guardé algunas piedras y me puse a escuchar. Nada. Luego seguí escarbando, pero ya no pude volver a concentrarme. Encontré un grupo de piedras alarmantemente amarillas que parecían pequeños limones momificados, una delicia, aunque torpes, demasiado generosas. Las típicas piedras que fascinaban a Blanca, ah neófitos, tan impresionables... Cuando se buscan piedras, cada cual termina escogiendo la que le corresponde.
Andrés Neuman. "La primera piedra", en _El que espera_. Anagrama.
Andrés Neuman. "La primera piedra", en _El que espera_. Anagrama.
-Pero quiero hacer el amor contigo. No sólo tener sexo.
-¿Y eso qué implica?
-Comunicación. Intensidad. No sé.
Mi corazón se encoge. Entre las ventajas de haber cunmplido los cuarenta, para mí, se incluyen: no tener que cambiar pañales, no tener que ir a sitios donde la gente baila y no tener que ser intensa con la persona con quien vivo.
-Por favor, inténtalo a mi manera -dice David lastimeramente.
Así que lo hago. Le miro a los ojos, le beso como él quiere que le bese, nos demoramos largo rato en cada cosa y, finalmente (sin que yo llegue al orgasmo, por cierto), me quedo tendida sobre su pecho mientras él me acaricia el pelo. Le he hecho, sí, y casi como él dice, pero no le veo la gracia.
(...)
Las oleadas de amor son..., no son para nosotros. Son para los crédulos, para los incautos, para los simples, para le gente cuyo cerebro se le ha ido pudriendo como la dentadura por las drogas blandas, para la gente que lee a Tolkien y a Erich von Däniken cuando ya tiene edad para conducir un coche... Admitámoslo, para gente que no es licenciada en Letras o Ciencias.
Nick Hornby. _Cómo ser buenos_. Anagrama. Barcelona, 2004.
-¿Y eso qué implica?
-Comunicación. Intensidad. No sé.
Mi corazón se encoge. Entre las ventajas de haber cunmplido los cuarenta, para mí, se incluyen: no tener que cambiar pañales, no tener que ir a sitios donde la gente baila y no tener que ser intensa con la persona con quien vivo.
-Por favor, inténtalo a mi manera -dice David lastimeramente.
Así que lo hago. Le miro a los ojos, le beso como él quiere que le bese, nos demoramos largo rato en cada cosa y, finalmente (sin que yo llegue al orgasmo, por cierto), me quedo tendida sobre su pecho mientras él me acaricia el pelo. Le he hecho, sí, y casi como él dice, pero no le veo la gracia.
(...)
Las oleadas de amor son..., no son para nosotros. Son para los crédulos, para los incautos, para los simples, para le gente cuyo cerebro se le ha ido pudriendo como la dentadura por las drogas blandas, para la gente que lee a Tolkien y a Erich von Däniken cuando ya tiene edad para conducir un coche... Admitámoslo, para gente que no es licenciada en Letras o Ciencias.
Nick Hornby. _Cómo ser buenos_. Anagrama. Barcelona, 2004.
Misty aboceta los garabatos de las paredes y no le habla a Angel de los retortijones. Se pasó la maldita tarde entera intentando dibujar una roca o un árbol y acabó arrugando el papel, asqueada. Intentó dibujar el pueblo que se veía a lo lejos, con el campanario y el reloj de la biblioteca, pero también arrugó aquello. Arrugó una pintura asquerosa de Peter que había intentado dibujar de memoria. Arrugó una pintura de Tabbi. Luego un unicornio. Se bebió un vaso de vino y buscó algo más que estropear con su falta de talento. Luego se comió otro bocadillo de ensalada de pollo con su extraño sabor a cilantro.
La mera idea de entrar en el bosque en penumbras para dibujar una estatua hecha trizas le erizaba el vello de la nuca. El reloj de sol caído. la gruta cerrada a cal y canto. Dios. En el prado el sol calentaba. La hierba estaba infestada de bichos. Más allá del bosque, las olas susurraban y rompían.
Mirando simplemente los márgenes a oscuras del bosque, Misty se imaginó al imponente bronce rompiendo el pincel con los brazos manchados y mirándola con sus ojos sin pupila y ciegos. Como si él hubiera matado a la Diana de mármol y cortado su cuerpo en pedazos, Misty lo imaginaba saliendo del bosque sigilosamente y yendo hacia ella.
De acuerdo con las normas del Juego Alcohólico de Misty Wilmot, cuando uno empieza a pensar que una estatua desnuda de bronce va a envolverte con sus brazos metálicos y aplastarte con su beso mientras tú te dejas las uñas intentando defenderte y le golpeas el pecho musgoso hasta tener sangre en las manos, bueno, es hora de tomar otra copa.
Chuck Palahniuk. _Diario / una novela_. Ed. Mondadori. Barcelona, 2004.
La mera idea de entrar en el bosque en penumbras para dibujar una estatua hecha trizas le erizaba el vello de la nuca. El reloj de sol caído. la gruta cerrada a cal y canto. Dios. En el prado el sol calentaba. La hierba estaba infestada de bichos. Más allá del bosque, las olas susurraban y rompían.
Mirando simplemente los márgenes a oscuras del bosque, Misty se imaginó al imponente bronce rompiendo el pincel con los brazos manchados y mirándola con sus ojos sin pupila y ciegos. Como si él hubiera matado a la Diana de mármol y cortado su cuerpo en pedazos, Misty lo imaginaba saliendo del bosque sigilosamente y yendo hacia ella.
De acuerdo con las normas del Juego Alcohólico de Misty Wilmot, cuando uno empieza a pensar que una estatua desnuda de bronce va a envolverte con sus brazos metálicos y aplastarte con su beso mientras tú te dejas las uñas intentando defenderte y le golpeas el pecho musgoso hasta tener sangre en las manos, bueno, es hora de tomar otra copa.
Chuck Palahniuk. _Diario / una novela_. Ed. Mondadori. Barcelona, 2004.
Dios sabe por qué demonios está limpiando Grace Wilmot. Lo que tiene que hacer es las maletas. Esta casa. Tu casa. La cubertería de plata de ley, con tenedores y cucharas tan grandes como herramientas de jardían. Sobre la chimenea del comedor hay un cuadro al óleo de Algún Wilmot Muerto. En el sótano hay un museo reluciente y venenoso de mermeladas y compotas petrificadas, vinos vetustos de fabricación casera, peras fechadas en el inicio de la nación y fosilizadas en sirope de color ámabr. El residuo pegajoso de la riqueza y del tiempo libre.
De todos los objetos inestimables que quedan atrás, esto es lo que rescatamos. Estos artefactos. Recuerdos. Souvenirs inútiles. Nada que se pueda subastar. Las cicatrices dejadas por la felicidad.
Chuck Palahniuk. _Diario / una novela_. Ed. Mondadori, Barcelona, 2004.
De todos los objetos inestimables que quedan atrás, esto es lo que rescatamos. Estos artefactos. Recuerdos. Souvenirs inútiles. Nada que se pueda subastar. Las cicatrices dejadas por la felicidad.
Chuck Palahniuk. _Diario / una novela_. Ed. Mondadori, Barcelona, 2004.
Popeye se volvió y la miró. Movió un poco la pistola, se la guardó en la chaqueta y avanzó hacia ella. No hacía el menor ruido al moverse; la puerta, sin sujección, se abrió para golpear después contra la jamba, pero tampoco hizo el menor ruido, era como si el sonido y el silencio se hubieran invertido. Temple podía oír el silencio como un susurro atronador mientras Popeye iba hacia ella atravesándolo, apartándolo, y empezó a decir: "Me va a pasar algo". Se lo estaba diciendo al anciano con las flemas amarillentas en lugar de ojos. "¡Algo me está pasando!", le gritó al viejo, sentado al sol en una silla, con las manos cruzadas sobre la empuñadura del bastón. "¡Se lo dije!", gritó, haciendo estallar las palabras como silenciosas burbujas calientes en el silencio cegador que los rodeaba, hasta que el anciano volvió la cabeza y los dos coágulos de flema hacia donde ella, tendida sobre las ásperas tablas bañadas por el sol, se agitaba, sacuidiendo los brazos y piernas. "¡Se lo dije! ¡Se lo dije desde el primer momento!"
William Faulkner. _Santuario_. Bruguera, Barcelona, 1982.
William Faulkner. _Santuario_. Bruguera, Barcelona, 1982.
Distraído por el espectáculo de tantas casas vacías, subí al bordillo de la acera y me apoyé en un contenedor lleno de artículos domésticos. Los revolucionarios, siempre considerados con sus vecinos, había encargado una docena de esos enormes contenedores una semana antes del levantamiento.
Junto a la calle había un Volvo incendiado, pero como todavía imperaban las normas sociales, lo habían empujado hasta una zona de estacionamiento. Los rebeldes lo habían ordenado todo después de su revolución. Casi todos los coches volcados habían sido enderezados, y tenían las llaves de contacto puestas, listas para los encargados de recuperarlos.
El contenedor estaba lleno de libros, raquetas de tenis, juguetes y un par de esquíes chamuscados. Juanto a un blazer escolar había un traje casi nuevo de estambre, el uniforme diurno de un ejecutivo medio, metido entre los escombros como el deshechado uniforme de faena de un soldado que ha arrojado el fusil y se ha echado al monte. El traje parecía extrañamente vulnerable, la bandera abandonada de toda una civilización, y tuve la esperanza de que uno de los ayudantes se lo mostrara al ministro del Interior. Traté de pensar qué respuesta daría si me pidieran un comentario. Como miembro del Adler Institute, especializado en relaciones industriales y en psicología del lugar de trabajo, yo era nominalmente un experto en la vida afectiva de la oficina y en los problemas mentales de los mandos intermedios. pero no resultaba fácil encontrar una explicación convincente para el traje.
Kay Churchil habría sabido qué responder. Mientras atravesaba los charcos de agua de delante de su casa, oí su voz dentro de mi cabeza: agresiva, suplicante, sensata y totalmente loca. La clase media era el nuevo proletariado, la víctima de una conspiración secular, que por fin se deshacía de las cadenas del deber y de la responsabilidad civil.
Por una vez, la respuesta absurda era quizá la correcta.
J.G.Ballard. _Milenio negro_. Ed. Minotauro, Buenos Aires, 2004.
Junto a la calle había un Volvo incendiado, pero como todavía imperaban las normas sociales, lo habían empujado hasta una zona de estacionamiento. Los rebeldes lo habían ordenado todo después de su revolución. Casi todos los coches volcados habían sido enderezados, y tenían las llaves de contacto puestas, listas para los encargados de recuperarlos.
El contenedor estaba lleno de libros, raquetas de tenis, juguetes y un par de esquíes chamuscados. Juanto a un blazer escolar había un traje casi nuevo de estambre, el uniforme diurno de un ejecutivo medio, metido entre los escombros como el deshechado uniforme de faena de un soldado que ha arrojado el fusil y se ha echado al monte. El traje parecía extrañamente vulnerable, la bandera abandonada de toda una civilización, y tuve la esperanza de que uno de los ayudantes se lo mostrara al ministro del Interior. Traté de pensar qué respuesta daría si me pidieran un comentario. Como miembro del Adler Institute, especializado en relaciones industriales y en psicología del lugar de trabajo, yo era nominalmente un experto en la vida afectiva de la oficina y en los problemas mentales de los mandos intermedios. pero no resultaba fácil encontrar una explicación convincente para el traje.
Kay Churchil habría sabido qué responder. Mientras atravesaba los charcos de agua de delante de su casa, oí su voz dentro de mi cabeza: agresiva, suplicante, sensata y totalmente loca. La clase media era el nuevo proletariado, la víctima de una conspiración secular, que por fin se deshacía de las cadenas del deber y de la responsabilidad civil.
Por una vez, la respuesta absurda era quizá la correcta.
J.G.Ballard. _Milenio negro_. Ed. Minotauro, Buenos Aires, 2004.
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