Popeye se volvió y la miró. Movió un poco la pistola, se la guardó en la chaqueta y avanzó hacia ella. No hacía el menor ruido al moverse; la puerta, sin sujección, se abrió para golpear después contra la jamba, pero tampoco hizo el menor ruido, era como si el sonido y el silencio se hubieran invertido. Temple podía oír el silencio como un susurro atronador mientras Popeye iba hacia ella atravesándolo, apartándolo, y empezó a decir: "Me va a pasar algo". Se lo estaba diciendo al anciano con las flemas amarillentas en lugar de ojos. "¡Algo me está pasando!", le gritó al viejo, sentado al sol en una silla, con las manos cruzadas sobre la empuñadura del bastón. "¡Se lo dije!", gritó, haciendo estallar las palabras como silenciosas burbujas calientes en el silencio cegador que los rodeaba, hasta que el anciano volvió la cabeza y los dos coágulos de flema hacia donde ella, tendida sobre las ásperas tablas bañadas por el sol, se agitaba, sacuidiendo los brazos y piernas. "¡Se lo dije! ¡Se lo dije desde el primer momento!"

William Faulkner. _Santuario_. Bruguera, Barcelona, 1982.
Distraído por el espectáculo de tantas casas vacías, subí al bordillo de la acera y me apoyé en un contenedor lleno de artículos domésticos. Los revolucionarios, siempre considerados con sus vecinos, había encargado una docena de esos enormes contenedores una semana antes del levantamiento.
Junto a la calle había un Volvo incendiado, pero como todavía imperaban las normas sociales, lo habían empujado hasta una zona de estacionamiento. Los rebeldes lo habían ordenado todo después de su revolución. Casi todos los coches volcados habían sido enderezados, y tenían las llaves de contacto puestas, listas para los encargados de recuperarlos.
El contenedor estaba lleno de libros, raquetas de tenis, juguetes y un par de esquíes chamuscados. Juanto a un blazer escolar había un traje casi nuevo de estambre, el uniforme diurno de un ejecutivo medio, metido entre los escombros como el deshechado uniforme de faena de un soldado que ha arrojado el fusil y se ha echado al monte. El traje parecía extrañamente vulnerable, la bandera abandonada de toda una civilización, y tuve la esperanza de que uno de los ayudantes se lo mostrara al ministro del Interior. Traté de pensar qué respuesta daría si me pidieran un comentario. Como miembro del Adler Institute, especializado en relaciones industriales y en psicología del lugar de trabajo, yo era nominalmente un experto en la vida afectiva de la oficina y en los problemas mentales de los mandos intermedios. pero no resultaba fácil encontrar una explicación convincente para el traje.
Kay Churchil habría sabido qué responder. Mientras atravesaba los charcos de agua de delante de su casa, oí su voz dentro de mi cabeza: agresiva, suplicante, sensata y totalmente loca. La clase media era el nuevo proletariado, la víctima de una conspiración secular, que por fin se deshacía de las cadenas del deber y de la responsabilidad civil.
Por una vez, la respuesta absurda era quizá la correcta.

J.G.Ballard. _Milenio negro_. Ed. Minotauro, Buenos Aires, 2004.
Tumbado en la tienda, Michel esperó la aurora. A eso del final de la noche estalló una tormenta muy violenta; le sorprendió darse cuenta de que estaba un poco asustado. Luego el cielo se calmó, y empezó a caer una lluvia lenta y regular. Las gotas golpeaban la tela con un ruido sordo, a pocos centímetros de su cara; pero él estaba a salvo del contacto. De repente tuvo el presentimiento de que su vida entera iba a parecerse a ese momento. Se movería entre las emociones humanas, y a veces estaría muy cerca de ellas; otros conocerían la felicidad o la desesperación; pero nada de eso tendría que ver jamás con él, ni podría alcanzarle. Durante la velada, Annabelle le había mirado muchas veces mientras bailaba. Él quería moverse, pero no podía; sentía con toda claridad que se estaba hundiendo en un lago helado. Sin embargo, todo era excesivamente tranquilo. Se sentía separado del mundo por unos cuantos centímetros de vacío, que formaban en torno a él un caparazón o una armadura.

Michel Houellebecq. _Las partículas elementales_. Anagrama, Barcelona, 1999.
La hizo sentar en una gran butaca y metió la cabeza bajo el paño negro que envolvía el aparato. Era una de esas cajas con la pared posterior de vidrio, donde la imagen se refleja ya casi como en una placa, espectral, un poco lechosa, separada de toda contingencia en el espacio y en el tiempo. Antonino tuvo la impresión de que veía a Bice por primera vez. Había una docilidad en la caída un poco pesada de los párpados, en el cuello tendido hacia adelante, que prometía algo escondido, así como su sonrisa parecía esconderse detrás del acto mismo de sonreír.

Italo Calvino. "La aventura de un fotógrafo", en _Los amores difíciles_. Tusquets, Barcelona, 1993.
Ella le había descrito el sitio a Cris durante el asado, la playa grande, la extensión abierta, el modo en que las olas le recordaban algo que ella iba a necesitar pero que nunca iba a poseer, el viento húmedo y goteante sugiriéndole que toda la piel pasa sin sentir todo lo que puede y debe, la dura luz del sol insinuando que sin embargo por ahí, quién sabe, algo permanece, no todo es otoño después de haber sido verano.
Su futuro marido y mi futuro padre se acercó a Milagros sigilosamente, como si él mismo fuera un emisario de las arenas claras, la tocó sin ostentación en el hombro, y antes de que ella se diera vuelta para mirarlo, ella ya sabía quién era, sabía que era él. Ésa era la razón por a que había huído, para forzarlo a él, a ese hombre, a que la rastreara hasta acá para verificar que ella no había mentido cuando juraba que había un sitio en el mundo donde no producía una tristeza irremediable oler las olas y saber que la brisa no es eterna y ver a un cangrejo que se muere sin una mirada que lo acompañe, que ese sitio sí existía. Ella se había fugado para ver si el tal Cristobal era capaz de seguir las huellas que ella había ido dejando tras de sí.

Ariel Dorfman. _La Nana y el iceberg_. Seix Barral, Buenos Aires, 1999.
¡Uf...!, ¡la gente! Me parece que hace falta mucho valor, o mucho de lo que sea, para entrar en los demás, en la gente. Todos pensamos que los demás viven es sus fortalezas, en sus fortificaciones: tras sus fosos, tras sus muros tachonados de pinchos y de cristales rotos. Pero la verdad es que habitamos en estructuras mucho más frágiles. Todos, diría yo, estamos construidos con materiales de mala calidad. O ni siquiera eso. Basta con meter la cabeza por debajo de la tienda de campaña y entrar a gatas. Si te dejan, claro.

Martin Amis. _La flecha del tiempo_. Ed. Anagrama, Barcelona, 1991.
¿Cuánto tiempo seguiríamos siendo fieles a las hermanas Lisbon? ¿Cuánto tiempo conservaríamos puro su recuerdo? En realidad, ahora ya no las conocíamos y sus nuevas costumbres --abrir una ventana, por ejemplo, para echar por ella un pañuelo de papel hecho una bola-- hacían que nos preguntásemos si alguna vez las habíamos conocido o si nuestros desvelos sólo habían sido huellas dactilares de fantasmas. Nuestros talismanes dejaron de ser efectivos. Tocar la falda escocesa que Lux llevaba en la escuela sólo evocaba un nebuloso recuerdo de los tiempos en que se la vimos puesta en clasa: una mano cansada que jugaba con el imperdible plateado, que se lo quitaba, que dejaba los pliegues sueltos sobre las rodillas desnudas, siempre a punto de abrirse en el minuto más impensado, pero nunca, nunca... Había que frotar varios minutos seguidos la falda para verlo con claridad. Las restantes dispositivas iban desvaneciéndose de la misma manera o, cuando accionábamos el proyector, no caía ninguna en la rendija del proyector y nos dejaba con la carne de gallina y los ojos clavados en una pared blanca.

Jeffrey Eugenides. _Las vírgenes suicidas_. Anagrama, Barcelona, 1993.
Lux se acercó a Chase Buell. Se acercó tanto que su aliento agitó levemente el cabello del chico. Y entonces, delante de todos, le desabrochó el cinturón. Ni siquiera tuvo que bajar la vista. Los dedos veían el camino y sólo una vez se equivocaron, lo que la obligó a hacer un movimiento con la cabeza, como el músico que falla una nota fácil. Todo el tiempo Lux tuvo los ojos clavados en los de Chase, encaramada siempre en las esferas de sus pies, y era tal el silencio de la casa que hasta oímos cómo le desabrochaba los pantalones. El ruido de la cremallera descendió por nuestra columna vertebral. Nadie se movió. Chase Buell no se movió. Los ojos de Lux, fuego y terciopelo, brillaban en la semipenumbra. En el cuello le palpitaba suavemente una vena, aquella en la que se supone que hay que poner el perfume precisamente por esa razón. Aunque se lo hacía a Chase Buell, todos teníamos la impresión de que nos lo hacía a nosotros, que se acercaba y nos poseía como sabía que podía poseernos.

Jeffrey Eugenides. _Las vírgenes suicidas_. Anagrama, Barcelona, 1993.
Como todo el mundo, asistimos a la fiesta de Alice O'Connor para olvidarnos un poco de las hermanas Lisbon. Los camareros negros, vestidos con chaquetas rojas, nos sirvieron alcohol sin pedirnos el carné de identidad y, a cambio, a eso de las tres de la madrugada, tampoco nosotros dijimos nada cuando les vimos cargar las cajas de whisky sobrantes en el maletero de un desvencijado Cadillac. Dentro, conocimos chicas a las que nunca se les había ocurrido quitarse la vida. Les servimos bebidas, bailamos con ellas hasta que ya no se tuvieron en pie y después las sacamos a la terraza cubierta. Perdieron los zapatos de tacón alto por el camino, nos besaron en la húmeda oscuridad y después se escabulleron y huyeron corriendo a vomitar recatadamente entre los arbustos. Mientras lo hacían, algunos de nosotros les sosteníamos la cabeza, luego dejábamos que se enjuagasen la boca con cerveza y seguidamente las volvíamos a besar. Las chicas estaban monstruosas con sus vestidos de ceremonia, confeccionados sobre jaulas de alambre. En lo alto de la cabeza tenían sujetas libras de cabello. Borrachas, besándonos o medio derribadas en las sillas, su destino era la universidad, el marido, el cuidado de los hijos, la infelicidad atisbada confusamente. En otras palabras: su destino era la vida.

Jeffrey Eugenides. _Las vírgenes suicidas_. Anagrama, Barcelona, 1993.
may i feel said he
(i'll squeal said she
just once said he)
it's fun said she

(may i touch said he
how much said she
a lot said he)
why not said she

(let's go said he
not too far said she
what's too far said he
where you are said she)

may i stay said he
(which way said she
like this said he
if you kiss said she

may i move said he
is it love said she)
if you're willing said he
(but you're killing said she

but it's life said he
but your wife said she
now said he)
ow said she

(tiptop said he
don't stop said she
oh no said he)
go slow said she

(cccome? said he
ummm said she)
you're divine! said he
(you are Mine said she)


e.e.cummings. "may i feel said he".